03 junio 2025

Segunda parte: 14. Un tiempo nuevo

 

Segunda Parte

La boda de Leonor, infanta de Sicilia, y Pere IV, rey de Aragón

Seu de Valencia, 1349


Cuando Leonor de Portugal, segunda esposa del rey de Aragón, falleció de peste en octubre de 1348, el rey comenzó preparativos para casarse otra vez, porque tener un hijo varón era su primer objetivo como monarca. Mandó de nuevo embajadores a Sicilia para acordar la boda con su prima segunda Leonor, con la que ya había intentado contraer matrimonio antes.

En la isla, gobernaba la madre de la infanta, la reina viuda Isabel de Carintia, y su cuñado el duque Juan de Sicilia y Anjou, como regente por el rey Luis I, que sólo tenía cinco años. El ambiente en la isla era de revuelta y alteraciones, y cuando falleció aquel, la situación se agudizó, porque los partidarios de la nobleza siciliana deseaban imponerse sobre el dominio catalanoaragonés. Pasó a gobernar el conde Blasco de Alagón por decisión testamentaria del duque. La peste ya se extendía diezmando la población, y por ello se había reducido el cultivo de los campos. Hubo rebelión en Palermo y robaron y mataron a ciudadanos catalanes y aragoneses.

Leonor era una mujer de gran personalidad y la primogénita de la casa. Estaba encantada de unirse en matrimonio a Pere IV, deseaba que el reino de Aragón siguiera controlando la isla, además le gustaba mucho la idea de ser reina, y desde aquí favorecería la presencia aragonesa en Sicilia, así que no sólo aceptó la propuesta con entusiasmo, sino que apresuró la partida en la armada que le había enviado su futuro esposo. J. Zurita afirma que estaba retenida en el convento de las franciscanas de Mesina, (1) pero no hay certeza de que saliera de allí huyendo, como algunos autores afirman. Parece poco probable que una dama de su categoría marchara furtivamente de Sicilia, cuando tenía que llevar su ajuar y pertenencias en arcones y baúles. Con ella además venían damas que la rodeaban en palacio, algunos oficiales y servidores. 

 

Catedral-basílica de la Asunción de Nuestra Señora, Valencia, estilo principal gótico, s. XIII-XV, Por Fernando Pascullo - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0,

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Se casaron en la seu de Valencia en agosto de 1349. (2) Aquel mes hacía calor en la ciudad, ella se vistió con un hermoso brial de seda escarlata con bordados de hilo de oro, le habían peinado el cabello en bucles hacia atrás por la espalda, llevaba una guirnalda de oro con perlas que sujetaba un velo de cendal blanco muy fino. En el cuello lucía un collar adornado con esmeraldas y zafiros. Aparecía espléndida cuando se dirigieron a caballo hacia la seu de Santa María. Las calles estaban alfombradas de plantas olorosas. La gente que se había agolpado en el camino la observaba con admiración. Su llegada había levantado grandes expectativas de un heredero, que Leonor de Portugal en su corta vida como reina no había podido dar.

Leonor de Sicilia tenía veinticuatro años y Pere veintinueve, al parecer congeniaron bien, pues ella tenía iniciativa y decisión además de un carácter firme, y coincidían en muchas cuestiones. Vivieron en la ciudad unos meses por asuntos de preparar la armada para Sicilia, dada la situación de guerra que había allí y los problemas que sufrían aragoneses y catalanes. Después marcharon a Barcelona y de allí a Perpiñán, donde, en el palacio de los reyes de Mallorca, la reina dio a luz un primer hijo varón.

Tuvo el rey la fiesta de la navidad del año 1351 en Perpiñán; y fueron de muy gran regocijo por el parto de la reina Leonor que parió a 27 del mes de diciembre, día de san Juan apóstol y evangelista, un hijo que fue muy deseado en estos reinos, porque parecía que por su nacimiento se seguía y fundaba en ellos una paz muy universal, pues cesaban las pretensiones de la sucesión que se proseguían por el infante don Fernando y por los de su parcialidad, (…).” (3) El 21 de enero, Pere daba a su hijo la ciudad de Gerona con título de duque, y poco después le puso como ayo a Bernard de Cabrera, su consejero y hombre de confianza. 

 

Nacimiento de Jesús, miniatura, s. XIV, Jaime Ferrer Bassa, Libro de Horas de María de Navarra, 1996, ISBN 8488526202, Dominio público,

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El monarca había tenido noticias del fallecimiento de Alfonso XI en el cerco de Gibraltar, y quince días después de su muerte recibía una misiva de Leonor de Guzmán por medio del noble Lope de Luna, que era esposo de la infanta Violante de Aragón, tía del rey Pere IV. No sabemos exactamente qué le pedía la dama a través del conde, ni qué le respondió el aragonés. Sin duda era ayuda para su nueva situación, pero, ¿de qué forma concreta? Él envía una carta de cortesía y consuelo a Leonor y le dice que manda al conde le escriba sobre los asuntos que la dama le había comunicado a través de su consejero. Esa carta del conde no ha llegado hasta nosotros. El rey Pere IV no intervino porque no le interesaba inmiscuirse en esos asuntos de Castilla.


Un tiempo nuevo: Juana Manuel y Enrique, conde de Trastámara


Efectivamente en Castilla la corte estaba inquieta, Pedro había sido proclamado rey, el primero de este nombre, era muy joven y no estaba entrenado en los asuntos de gobierno. Pero tenía a su lado a un noble gran conocedor del manejo de los hilos del poder y de la dirección del reino, desde la cancillería, hasta los impuestos, las relaciones con otros reinos y la marcha de los distintos territorios. Fue Juan Alfonso de Alburquerque quien comenzó a tomar decisiones, y también la reina ocupó el sitio que le correspondía. ¿Qué sentimientos generaría en ella la muerte de su esposo? De repente, una revulsión de emociones encontradas la invadieron: tristeza, alivio, esperanza, incertidumbre y disposición para enfrentar lo que viniera.

La muerte de Alfonso en Gibraltar impactó a todos, las gentes en el reino temían las revueltas y el pillaje, a falta del rey que se presentaba en los lugares a imponer justicia. En la corte removió intereses y expectativas, y comenzó un tiempo nuevo, acelerado, en el que los hechos se van a suceder con rapidez. Será difícil seguir los acontecimientos, los movimientos y reacciones de los poderosos y cómo afectan a las damas que les rodean. El sol refulgente que había brillado de poder y riqueza para Leonor y su entorno, había desaparecido. La rueda de la fortuna del tiempo había girado, y lo que se avecinaba era muy diferente.

 

Ruinas del castillo de Castrotorafe, Zamora, que en mayo de 1351 el rey Pedro I pidió al maestre y a los freires de la Orden de Santiago, junto con su villa y su término para que Juan Alfonso de Alburquerque, su canciller mayor, lo tuviese de la Orden por los días de su vida, aumentando así su importante patrimonio,

Por Rodelar - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0,

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Lo primero había sido proclamar rey al heredero, Pedro un joven de quince años, lo que se hizo cuando el cadáver de Alfonso, llevado por sus más próximos, llegó a Sevilla. La reina María y el infante Pedro habían recibido la noticia en los alcázares, y se aprestaron a salir con una larga comitiva de todos los que no habían ido a Gibraltar: notables de la ciudad, prelados, y los que rodeaban a la reina y al infante.

La cancillería real siguió funcionando, hay cartas de Pedro al concejo de Murcia comunicando la muerte de su padre, dos días después del suceso. La maquinaria de gobierno del reino no se paraba. Lo hacía Juan Alfonso de Alburquerque con los escribanos del rey desde el camino de ida a Sevilla, porque en ese plazo no habían llegado a la capital.

Leonor de Guzmán pudo comprobar en Medina Sidonia que todo había cambiado y que no poseía el poder de días atrás. Alfonso Fernández Coronel que tenía villa y fortaleza por la dama, y al que consideraba un amigo de su círculo, le entregó las llaves y le dijo que no seguiría teniéndola. Nadie quiso tomar aquella responsabilidad. Se iniciaba así una desbandada de los que habían sido sus fieles, alrededor de ella y de Alfonso.

 

Ruinas consolidadas de la fortaleza de Medina Sidonia, Cádiz, que Leonor de Guzmán tenía por el rey en 1350, cuando murió Alfonso XI comprobó que Fernández Coronel no seguiría como alcaide y no la apoyaría más, 

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La dama acabó yendo en el séquito a Sevilla, pero sus hijos Enrique y Fadrique, y sus familiares y allegados se marcharon. Según la crónica de Pérez de Ayala, Leonor se habría quedado en su fortaleza de Medina Sidonia, lo que era un indicio de rebelión, de que iba a hacerse fuerte en la villa con sus gentes. Juan Alfonso de Alburquerque, ante esta actitud habló de tomar presos a sus hijos Enrique y Fadrique como medida de precaución. Así que ellos y el resto de sus familiares y amigos empezaron a dispersarse. Poco después Juan Núñez de Lara la había convencido de integrarse en la corte en Sevilla y le ofreció seguridad de que no le sucedería nada. Así estaban las sospechas del nuevo tiempo. Es sintomático que, cuando el rey aún no ha tomado ninguna medida, Leonor y su camarilla huyan, sabían que habían estado abusando de su poder al lado de Alfonso durante muchos años, en detrimento de la reina, de su hijo y de los que se habían opuesto a esa prepotencia.

La comitiva se había desplazado con los restos del rey hasta Sevilla, donde se hicieron las honras fúnebres y el oficio de difuntos, y se le había inhumado en ella, mientras no se cumpliera su voluntad de ser enterrado junto a su padre en la iglesia de San Hipólito de Córdoba, que todavía no estaba acabada. A pesar de estar en la capital, la amante no asistió a la proclamación y acatamiento de Pedro, era un gesto de desobediencia, y esa actitud provocó su aislamiento en estancias del alcázar, al principio en unas condiciones muy benignas, pues todos los días irá a verla su hijo Enrique, cuando vuelva a la merced del rey.

Poco después el maestre, su hermanastro Fadrique, y los freires de la Orden de Santiago se habían dirigido al rey para pedirle la devolución de varios lugares, villas, fortalezas y otros bienes de la Orden que su padre el rey Alfonso había vendido a Gil Álvarez de Albornoz en el sitio de Gibraltar, sin contar con la institución. Por lo que en carta que firmaba Pedro al arzobispo de Toledo, le asegura que, aunque él no está de acuerdo en pagarle, por la forma en que los adquirió, le satisfará la cantidad para evitar que eso sea un peso para el alma de su padre. Albornoz, viendo que ya no tendría una situación de favor como antes, abandonó el arzobispado, se marchó a Aviñón a la corte del papa y desde allí responderá.

 

Gil Álvarez de Albornoz ya como cardenal entregando simbólicamente al papa san Clemente I la capilla del Colegio de España en Bolonia, miniatura códice 30, fol 1r, a. 1475, Veteris Testamenti, Génesis, libro II Esdrae, Biblioteca Real Colegio de España en Bolonia, Italia, De Manuel Corselas - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, 

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Los comendadores de la Orden hicieron también gestiones para recuperar el sello del Capítulo General que había tenido Leonor, y ahora ella le había dado a uno de sus hombres, que también era escribano de Fadrique, y que no quería entregarlo, hasta que el maestre le mandó que lo devolviera. Por fin el sello regresó a su arca del castillo-convento de Uclés.

Los hijos y familiares de Leonor de Guzmán eran conscientes de que no podían seguir manteniendo aquella actitud, y acudieron a la merced del rey, haciéndole pleitesía y reconociéndolo como monarca y señor. Pero la concubina era muy ambiciosa, quería que Enrique fuera rey de Castilla, y sus siguientes actos estarán encaminados a conseguirlo. Ya estando en Sevilla, él la visitaba diariamente en el alcázar, y ella organizó una maquinación de gran calado, (ya vimos que, tal vez, hacía meses se había dado el primer paso de acuerdo con Alfonso de casar a Enrique con Juana Manuel) que aceleraría sus problemas y los de su hijo, pero le colocaría en una posición favorable para aspirar a la corona. Según la crónica:

 

Amalia de Llano y Dotres, condesa de Vilches, óleo sobre lienzo, 1853, Federico de Madrazo y Kuntz, Museo Nacional del Prado, Madrid.

 

“(…) E estaba alli con ella Doña Juana fija de Don Juan Manuel, que era esposa (estaría desposada por palabras de presente como dijimos) del dicho Conde Don Enrique: é por quanto Doña Leonor sopo, ca le fué dicho entonce, que Don Ferrando Señor de Villena, hermano de la dicha Doña Juana, (que en su momento accedería a ese desposorio por tratarse del hijo de Alfonso y por estar a bien con Leonor, dada la autoridad que esta tenía) trataba por partir este casamiento é que casase su hermana con el Rey Don Pedro, ó con el Infante Don Ferrando de Aragon, primo del Rey, que alli estaba, fabló Doña Leonor de Guzman con el Conde su fijo, diciendole que ficiese sus bodas (consumase el matrimonio para darle total validez legal) con la dicha Doña Juana su esposa. E así lo fizo el Conde, é consomió con ella el matrimonio ascondidamente en el palacio dó la dicha Doña Juana estaba con Doña Leonor su madre.” (4) Resulta muy extraño que Juana Manuel estuviera viviendo con Leonor de Guzmán, y no en las estancias con la reina María, con la que se había criado. Sólo ese hecho, si es que fue así, era indicio de una maniobra hostil de sublevación.

Se hizo público y la noticia provocó un gran revuelo. No habían pedido permiso al rey para casarse y era obligatorio hacerlo, Leonor con su decisión era culpable de traición. Pedro se enfadó mucho y Juan Alfonso de Alburquerque, indignado, mandó que su encierro se volviera estricto y fue enviada a la fortaleza de Carmona, aislada para que no pudiera tomar otras medidas. La reina María se sintió muy ofendida por la noticia, pero con el tiempo perdonará el hecho, y ayudará a Juana Manuel y la tendrá consigo cuando sea necesario. Leonor de Guzmán tenía intención de seguir maquinando y ejerciendo presión para que sus hijos prevalecieran sobre la nobleza, y que Enrique tomase la corona de su hermanastro. Tanto para el rey, como para Juan Alfonso de Alburquerque y para la reina, aquella dama representaba un peligro.

 

Alcázar de la Puerta de Sevilla o alcázar Bajo, Carmona, Sevilla, Por Daniel Villafruela, CC BY-SA 4.0, 

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Al consumar su matrimonio con la hija de Juan Manuel sin pedir permiso al rey, Enrique teme las represalias de Pedro, realmente de Alburquerque, que era quien decidía en esos momentos, y resuelve marcharse con Juana y algunos adeptos que le apoyan. Partieron de Sevilla a escondidas, para seguir la Vía de la Plata hacia el norte, a Asturias donde tenía vasallos en sus señoríos, villas y fortalezas, y cuyas montañas la hacen poco accesible. Pero tenían que llegar hasta allí, Oviedo, por ejemplo, dista de Sevilla 779 km, (más de 161 leguas), viajando a unos 40 km por día, les llevaría unas 20 jornadas, atravesando territorios del rey, donde los justicias y alcaldes estarían apercibidos y tendrían sus guardias en las puertas de muchos lugares importantes por los que pasaran. Juana demostraba mucho carácter y decisión con apenas doce años.


Notas


(1) Zurita, Jerónimo, Anales de la corona de Aragón, libro VIII, cap. XXXVI, Ed.

Canellas López, A., Ed. electrónica Iso, J. J., Coord. Yagüe, M. I. y Rivero, P., 2003, Libros en red. https://ifc.dpz.es/publicaciones/ver/id/2448

(2) Ibidem.

(3) Ibidem, cap. XL.

(4) López de Ayala, P., Crónica de los reyes de Castilla rey don Pedro, Tomo I, p. 25. Madrid, 1779.


Ambiciones de los nobles en la corte castellana


En agosto Pedro enfermó de gravedad, con fiebre muy alta, y los físicos no garantizaban su vida, porque pasaban los días y no mejoraba. Empezó a plantearse la sucesión, el candidato, señalado en el testamento de Alfonso XI era su sobrino el infante Fernando de Aragón, que era hijo de su hermana, la reina madre de Aragón, y de Alfons IV de aquel reino. También se postuló Juan Núñez de Lara III, que era nieto del infante Fernando de la Cerda y bisnieto del rey Alfonso X. Volvía a surgir la disputa sucesoria que se había abierto a la muerte del infante de la Cerda en Villa Real en 1275, entre Sancho IV, el segundogénito que ejerció como regente de Alfonso X, y era un hombre joven y buen guerrero, y Alfonso de la Cerda, hijo del infante, que era un niño de cinco años. Dada la diferencia de condiciones entre uno y otro, y la guerra con los moros en la frontera, gran parte de los nobles habían apoyado a Sancho. Incluso el infante Manuel, hermano de Alfonso X, y padre de Juan Manuel que tanto se vanagloriaba de su estirpe, se había puesto del lado de su sobrino Sancho y frente al rey Alfonso X. (Juan Manuel no recordaba nunca este episodio de su pasado familiar, cuando hablaba o escribía sobre su ascendencia, y criticaba la línea de Sancho IV, Fernando IV y Alfonso XI, que su padre había apoyado).

Mientras, como siempre que se preveía el fallecimiento de un rey, se multiplicaban los robos y asaltos. En Sevilla continuaba el gobierno, pues en esos días de la enfermedad de Pedro, seguían produciéndose documentos de la cancillería real. Pero contra todo pronóstico, mejoró y se liberó de la fiebre el 25 de agosto. Había adelgazado mucho y tuvo que permanecer en Sevilla porque estaba muy débil. Le irritó que durante su dolencia se hubieran hecho planes para sucederle. Juan Núñez de Lara, que había pretendido acceder a la corona, salió de la corte para dirigirse a sus tierras, su postura le colocaba en una situación comprometida. Además, la crónica afirma que el noble y otros ricoshombres que le apoyaban se marcharon “mal contentos” con el monarca, porque el que gobernaba era Juan Alfonso de Alburquerque. 

 

Escudo de armas de los Manuel,

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Desde su mayoría de edad, Fernando Manuel había estado al lado del rey Alfonso y había tratado de tener las simpatías de su amante, por lo que, en su momento, debió de acceder al casamiento de su hermana con Enrique. Andaba al lado de su tío Juan Núñez de Lara y solía apoyar sus planes. Tras la muerte de Alfonso, se dio cuenta de que no le convenía la boda de su hermana con el bastardo, y había tratado de deshacerla, pero la consumación del matrimonio entre ambos le impidió romper el compromiso, y en la corte aparecía como cómplice, además mientras Pedro adoleció se había decantado por la posibilidad de que el señor de Lara hubiera sido proclamado rey. También decidió partir hacia sus señoríos.

Juan Núñez de Lara, ya en Castilla, se dedicó a revolver el ambiente con caballeros y señores, sobre la privanza que estaba ejerciendo el señor de Alburquerque, y muchos se mostraron de acuerdo con él. Debió de enfermar porque a finales de noviembre fallecía en Burgos.

El primogénito de Juan Manuel estaba incumpliendo el mandato de su padre en su testamento, donde le advertía que hasta que no cumpliera veinte años, es decir en 1352, no se pusiera en poder, ni en consejo ni en compañía de su abuela Juana Núñez de Lara, (esta ya era muy anciana y no debía de participar en los asuntos de la casa de Lara, de hecho fallecería en 1351) ni de su tío Juan Núñez de Lara, y que no los trajera a sus lugares, y le advertía: “Et esto lo mando so pena de la mj bendiçion.” En aquel tiempo la bendición de un padre antes de morir, era un signo muy importante de continuidad familiar y de buenandanza. También mandaba que no valiera cualquier medida que tomara estando con ellos o por su consejo. Incluso ordenaba a su vasallos y alcaldes que no le obedecieran ni le reconocieran como señor si su hijo seguía sus consejos.

 

Alarcón, el castillo en primer término y detrás la villa, rodeados por un meandro del río Júcar; plaza importante del señorío de Villena, propiedad de Juan Manuel, y después de su hijo Fernando Manuel, Por AnTeMi - Fotografía propia, CC BY-SA 3.0,

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El noble no deseaba que su hijo estuviera con los Lara hasta que fuera más maduro, pero era una orden muy difícil de cumplir para un joven huérfano de diecisiete años, que tenía un tío presente en la corte, además Constanza había fallecido poco después que su padre. Nada sería como Juan Manuel había dispuesto, excepto lo que preveía de daño para su hijo si no seguía su consejo. Tampoco hubiera consentido la boda entre Juana Manuel y el bastardo de Alfonso, es más, si hubiera estado vivo ni se habría planteado, porque él querría casarla con algún gran noble, hijo legítimo, de otro linaje.

En diciembre todos los hermanastros habían reconocido a Pedro como rey y señor, y aparecían confirmando los privilegios, ahora quedaban seis varones, pues Fernando había fallecido poco antes de casarse con la hija de Pedro Ponce de León, señor de Marchena. Enrique, Fadrique, Tello, Juan, Sancho y Pedro, y Juana que no aparecía como confirmante en ningún privilegio pues no era “ricohombre”. Pero sus nombres ya no estaban en el primer párrafo, como en tiempos de Alfonso, sino con otros nobles, repartidos en dos columnas diferentes.

Leonor, la reina madre de Aragón, y su hijo Juan, al igual que el primogénito Fernando, se encontraban en la corte de Castilla desde que la Unión de Aragón, primero, y la de Valencia, después, fueron derrotadas y destruidas. Probablemente habitaba junto a la reina María, compartiendo el mismo palacio o casas reales, y gestionando sus bienes y rentas, en algunos casos con el apoyo del rey, como más adelante, en que este decidía que ella pudiera sacar del reino de Castilla, 5.000 cabezas de ganado sin pagar diezmo, y que seguramente Leonor deseaba llevar al reino de Aragón. También estaba buscando un buen matrimonio para sus hijos, y participará en los consejos del rey en ciertos asuntos como negociaciones de boda, cuando se decida el compromiso con Francia. Leonor y María tomarán parte en la marcha de la gobernación del reino con sus opiniones y asesoramiento, un protagonismo que no habían tenido en vida de Alfonso.

 

Detalle de El nacimiento de la Virgen, temple y óleo sobre tabla, 1467, Fra Carnevale, (Bartolomeo di Giovanni Corradini), las damas visten ropas del s. XV, The MET, Nueva York, USA,

https://www.metmuseum.org/art/collection/search/435848



El tiempo que Fernando Manuel estuvo de regreso en sus tierras y adelantamiento del reino de Murcia, que al parecer ya no tenía, es muy confuso, por falta de información clara en los documentos, A. Pretel Marín señala que sus vasallos podían estar en franca rebeldía fomentada desde la corona, y por lo mandado por Juan Manuel en su testamento, que el joven no estaba cumpliendo. “En esos momentos, entre febrero y marzo de 1351, muere precisamente Fernando Manuel, con unos 19 años, de forma misteriosa y, a nuestro entender, altamente sospechosa.” (1)

Debió de ser en marzo cuando la corte abandonó Sevilla, pues había que convocar las primeras Cortes del rey Pedro en Castilla. Fueron hacia el norte por el camino habitual de la Vía de la Plata y se detuvieron en Llerena. Leonor de Guzmán iba con ellos, vigilada y presa, y se alojaba en casa de la reina. Se acomodaron en los palacios de la Orden de Santiago, desde donde salió el maestre, su medio hermano Fadrique, a reconocerle como rey y señor, y todos los comendadores le hicieron pleito homenaje por los castillos y fortalezas de la Orden. Fadrique le pidió ver a su madre, y madre e hijo se encontraron en la estancia en la que estaba con vigilantes a la puerta. La marcha de Leonor con la corte hacia el norte, le recordaría otros muchos viajes con Alfonso de vuelta de Sevilla hacia Castilla, de la felicidad y despreocupación de aquellos tiempos no quedaba nada.


Muerte de Leonor de Guzmán


Juan Alfonso de Alburquerque decidió que debían dejarla en el castillo de Talavera, señorío de la reina, donde estaría aislada y bien controlada, mientras ellos seguían hacia Valladolid donde tendrían la reunión de Cortes. Aunque la dama era una mujer fuerte, en los últimos veinte años al lado del rey había detentado tanto poder, que la nueva situación era un gran trauma. Según la crónica de López de Ayala, poco días después la reina mandó a un escudero de su servicio para que la matara. Recordemos que la crónica está escrita bastantes años después, y toda ella trata de ofrecernos argumentos a favor de Enrique y justificación del asesinato de su hermano, el rey legítimo. Desde sus primeros capítulos recalca una imagen muy negativa de Pedro, incluso cuando él todavía no está interviniendo en las decisiones de gobierno, y de la reina María, de la que va deslizando una sibilina difamación. Hay historiadores que apuntan que debió de ser el señor de Alburqueque quien dio la orden de matarla, e incluso algunos piensan que fue Pedro el que lo decidió. A día de hoy no sabemos quién de ellos fue o si fueron los tres de común acuerdo. También pudo haber un juicio sumarísimo por traición y una condena a muerte, como señala la historiadora A. Echevarría, (2) lo que parece muy posible. Y esa información habría desaparecido por orden de Enrique cuando llegó al trono. Además hay una cuestión inquietante, dado cómo era Leonor de Guzmán y cómo estaba actuando: ¿Qué intrigas habría forjado en caso de permanecer viva? Aunque la intriga fundamental ya la había provocado.

 

Talavera de la Reina desde el Tajo, acuarela, Edgar T, A. Wigram, en su libro Northern Spain, Londres, 1906, Adam & Charles Black, p. 212, Dominio público,

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La forma de proceder de la reina, de Alburqueque o de Pedro, durante los años siguientes se contradice con la decisión de matarla, pero la contradicción forma parte de la humanidad. No mucho después veremos cómo Juana Manuel y Enrique estarán con la reina en varias ocasiones, dadas las circunstancias que se van generando. Si había decidido la muerte de su madre, después aceptó la ayuda de la reina porque le convenía. Del mismo modo los bastardos tratan de indisponer al rey con el valido, y después se ponen de acuerdo con él contra el monarca. Y podríamos seguir con numerosas contradicciones en el tiempo que viene.

No se sabe dónde fue enterrada al principio, tal vez en la propia capilla del alcázar llamada de San Juan Bautista, o en la iglesia colegial de Santa María de Talavera, como sostienen algunos historiadores. Cuando Enrique haya asesinado a Pedro I y sea rey, el obispo de Palencia Gutierre Gómez de Luna en 1373 concedía licencia para trasladar los restos de Leonor a la iglesia del monasterio de Santa Clara de Tordesillas. (3) Antes había que ampliarla, obras que acometerá Juana Manuel que actuaba como patrona del cenobio. El ataúd de la madre de Enrique II ya se encontraba inhumado entonces en la sala de baños del antiguo palacio, ampliado y reconvertido en espacio religioso por el rey Pedro I y su hija Beatriz. Ironías de la vida, así eran las extrañas vueltas de la rueda de la fortuna. Sin embargo, hoy no existe ningún sepulcro que recuerde que sus restos están allí.

Estando la corte cerca de Burgos, García Laso de la Vega II, (a veces se le nombra Garcilaso, Garci Lasso o García Laso) que era adelantado mayor de Castilla, se encontraba con muchos caballeros y clientela, que estaban enfrentados a otros caballeros de la zona. Después llegó Tello, hermanastro bastardo del rey, junto con los suyos, y se produjo un incidente verbal entre estos y García Laso delante del rey, que los mandó callar. Pero al día siguiente todos estaban armados y volvieron a discutir, y el rey volvió a hacerles callar y mandó separarlos. Ya estando en Burgos, sus consejeros dijeron a Pedro que García Laso tenía muchos hombres de armas con él y estaba provocando alborotos en el reino. Le contaron que cuando él estuvo enfermo en Sevilla, se había puesto de acuerdo con Juan Núñez de Lara para que se hiciese con la corona. El ambiente se crispó más con las opiniones de Juan Alfonso de Alburquerque sobre la conducta y movimientos del noble. El consejo llegó al acuerdo que había que parar aquello y escarmentarlo. 

 

Castillo de Burgos e iglesia de Santa María la Blanca, grabado, s. XVII,

Por http://www.uniliber.com/ficha/el-castillo-y-fortificaciones-de-burgos-fernando-sanchez-moreno-del-moral_29248067/, Dominio público, 

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La reina María no estaba de acuerdo con esa decisión, porque envió a uno de sus escuderos a avisar al adelantado para que no viniese al día siguiente a palacio. Esta actitud de la reina y la advertencia al noble castellano, recuerda a la de María de Molina, cuando su hijo el rey Fernando IV tenía intención de matar al infante Juan de Castilla, y ella le envió un mensajero para que se pusiera a salvo. Nieta y abuela se asemejaban y unían a través del tiempo en una postura de concordia y en contra de resolver los asuntos con la muerte. Pero García Laso, según dice la crónica, no la creyó y se presentó muy de mañana en las salas de palacio, María se marchó de allí sabiendo lo que iba a pasar, no quería contemplar lo que no aprobaba, tampoco lo aceptaba su canciller mayor Vasco Fernández de Toledo, obispo de Palencia, y la acompañó hasta otra estancia. García Laso fue muerto esa misma mañana. Formaba parte de la camarilla de Leonor de Guzmán, y había sido mayordomo de Fernando, uno de los hijos de la dama con Alfonso XI. Algunos criados de García Laso se llevaron a su hijo mayor hacia Asturias, a las tierras de Enrique de Trastámara.

Poco después llegaban noticias a la corte de que el aya de Nuño de Lara, el único hijo varón de Juan Núñez de Lara, trasladaba al niño a la costa de Vizcaya para poder huir desde allí a Bayona, territorio inglés, por si trataban de matarlo. Su abuela, Juana de Lara la jerarca de la casa, falleció entonces en Palencia, donde se encontraba ya muy anciana, tras una vida siendo una gran señora que había gestionado su patrimonio, cuando los hombres de la casa eran menores o estaban en la guerra.

Fue en aquellas fechas cuando el rey reconocía el derecho al portazgo de Pancorbo a Blanca, la hija del infante Pedro de Castilla y la infanta María de Aragón, que seguía viviendo retirada en el monasterio de las Huelgas de Burgos. Leonor de Guzmán había conseguido del rey Alfonso XI la exención del impuesto para sus lugares de Castilla que eran numerosos, lo que había dañado seriamente las rentas que Blanca debía percibir. En el documento de la cancillería real se la llama abadesa de las Huelgas, mientras que alguna carta del monasterio la titulaba señora. Esta información nos recuerda que Blanca continuaba con su vida recoleta en el convento.

 

Desfiladero de Pancorbo, montes Obarenes, sobre los riscos ruinas del castillo, entre dos peñas puede verse un puente que unía la parte inferior con la torre principal que estaba en la roca más alta. En este paso que unía Castilla con el noreste peninsular se cobraba el portazgo que recibía como renta Blanca de Castilla, Por Ipintza - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0,

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Pedro y sus hombres habían tratado de dar alcance a Nuño de Lara, pero ya se encontraba lejos, y poco después tuvieron noticia de que había muerto. Entonces las hijas de Juan Núñez de Lara, Juana e Isabel, fueron llevadas a vivir en la corte, ahora únicas herederas de su padre. Su madre, María Díaz de Haro, había fallecido probablemente, del parto del pequeño Nuño en 1348.

Las Cortes de Valladolid fueron muy importantes, se redactó un ordenamiento de precios y salarios para todo el reino, dada la situación que se estaba dando en Castilla por falta de cultivo de tierras y por los altos precios de los alimentos de primera necesidad. También se trató, porque era una decisión que había que tomar, el casamiento del rey, y se propuso que fuera con alguna dama de la familia real de Francia, considerada la opción más conveniente, pues el matrimonio con Juana de Plantagenet, había sido roto por la peste, ya que la princesa había fallecido de la epidemia en la ciudad de Burdeos, cuando venía a Castilla.

Aunque la reina María asistió a la sesiones de Cortes, en la última etapa de ellas, el 8 de noviembre en Valladolid, otorgó testamento, tenía treinta y ocho años, y el anterior había fallecido Alfonso XI, pensó que era hora de dictarlo. Era muy consciente de su papel en aquel mundo, porque dice “(…) y ruego a la bienaventurada su Madre María que ruege a el por mi, y que no cate a las menguas, y erros, que yo fiz en el estado muy alto, que me el dio en este mundo, y que los perdone, e me lieve a su gloria de Paraiso, y escojo mi sepultura en la Iglesia mayor de Sevilla, en la Capiella de los Reys apar de la sepultura del Rey mio Señor, y se el su cuerpo si ouvere ende a mudar, y poner en otra parte, que quiro que pongam el mi cuerpo en aquel lugar, en que el fuere puesto apar de la su sepultura, (…).” (4). Para las misas que manda por su alma ordena que se paguen 12.000 maravedís en la rentas de su huerta y tiendas que tiene en Sevilla; su corona “la real” (probablemente se coronó con ella) de oro y piedras preciosas se la deja a su hijo el rey. Dona los derechos que tiene en Mucientes al convento de monjas de San Felices. Todos los objetos de su capilla, los da al lugar donde sea enterrada. 

 

Retrato de una dama, óleo sobre tabla de roble, ca. 1460, Rogier van der Weyden, Galería Nacional de Arte de Washington D.C., USA - De desconocido, Dominio público, 

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Llama la atención su deseo de ser inhumada al lado de Alfonso XI, un esposo que la había tenido abandonada como mujer durante años. Como reina era el lugar que le correspondía para siempre. Sin embargo su deseo no se cumplirá, porque cuando Enrique sea rey sacará sus restos de la capilla real de la catedral de Sevilla para llevarlos a la iglesia del monasterio de san Clemente de aquella ciudad, en una acción despreciable. El deseo de la reina no coincidía con el mandato de Alfonso, aunque este tampoco quisiera descansar eternamente al lado de su amante.

Como consecuencia de las conversaciones sobre el matrimonio del rey, se enviaron embajadores para casarlo con una sobrina del rey francés Jean II, hija del duque de Borbón, y la elegida era una joven llamada Blanca, con la que se realizó el matrimonio por palabras de presente mediante procuradores. El papa Clemente VI desde Aviñón escribió a la reina María aconsejándole este matrimonio para su hijo, y esforzándola a que contribuyera al éxito del proyecto. Aunque el pontífice morirá en diciembre de 1352, su sucesor, Inocencio VI, continuará con la misma política favorecedora de los intereses de Francia, no en vano ellos eran nacidos en este reino, y los reyes franceses sus anfitriones. La reina María sentirá la presión del papado a lo largo de los próximos años por las circunstancias que tendrá Blanca. Aunque también por sus propios principios, el criterio de María será claramente de auxilio y protección de la joven reina.


Notas


(1) Pretel Marín, A. y Rodríguez Llopis, M., El señorío de Villena en el siglo XIV, p. 127, Instituto de Estudios Albacetenses “Don Juan Manuel”, Diputación Provincial de Albacete, Serie 1, Estudios, n.º 104, Albacete, 1998. Biblioteca Digital de Albacete “Tomás Navarro Tomás”.

(2) Echevarría Arsuaga, A., Redes femeninas en la corte castellana: María de Portugal (1313-1357) p. 181. La Corónica: A Journal of Medieval Hispanic Languaje, Literatures and Cultures, vol. 45, n.º 2, 2017. https://muse.jhu.edu/pub/114/article/669503

(3) Rodríguez Guillén, Santiago, El Monasterio de Santa María la Real de Tordesillas, (1363 – 1509), p. 276, tesis de doctorado, 2010, Universidad de Alcalá de Henares.

(4) Caetano de Sousa, A., Provas da historia genealogica da casa real portugueza, vol. I, pp. 255 a 257, Lisboa Occidental, 1739. https://books.google.es/


La aventura de Juana Manuel y Enrique, camino de Asturias


Juana Manuel y Enrique habían salido de Sevilla sigilosamente ya anochecido, acompañados de Pero Carrillo y Menén Rodríguez de Sanabria, entre otros hombres de su confianza. La huida a través de la Extremadura leonesa y tierras de León hasta llegar a Asturias era un largo camino lleno de peligros para ellos, que huían de la corte, porque podían apresarlos los hombres del rey. El cronista dice que llevaban los rostros cubiertos con máscaras de cuero para no ser reconocidos. Se alejaban de las ciudades y villas más importantes porque tenían mayor vigilancia, y sólo se acercaban a pequeñas aldeas y lugares menos protegidos, donde conseguían comida y, no siempre, caballos de refresco.

Hay que imaginar la fortaleza y presencia de ánimo de la jovencísima Juana, ante aquella aventura inesperada, las largas y duras jornadas, tendría que montar a caballo con pericia y muy probablemente a horcajadas para ir más rápido, e ir vestida como un muchacho, con calzas y jubón, el cabello recogido y un sombrero en la cabeza. Ella recordará aquel viaje toda su vida, por las peripecias, las necesidades y los riesgos que corrieron. Enrique no tenía dinero y pagaría con algunas joyas que le había dado su madre. Era julio y hacía calor en todo el trayecto, salían antes del amanecer y descansaban en algún lugar arbolado en las horas de mayor solanera, para salir de nuevo hasta que anochecía. A menudo dormían a la intemperie, aunque a veces se alojaban en algún pajar que les dejaban los lugareños, no sin reticencia.

 

Vía de la Plata en Cáparra, (ciudad romana entre Guijo de Granadilla y Oliva de Plasencia), Cáceres, camino que utilizaron Juana Manuel y Enrique de Trastámara en su marcha a Asturias en 1351, Por LBM1948 - Trabajo propio, Trabajo propio CC BY-SA 4.0,

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Cuando llegaron al río Órbigo, cerca de la ciudad de León, tuvieron que cruzarlo por el puente del camino de Asturias, donde los guardias les mandaron que se quitaran las máscaras, y al no hacerlo y salir huyendo, les lanzaron los perros que tenían en la vigilancia del puente, Juana se quedaba rezagada e iban a capturarla, Enrique no se detuvo (siempre decidía salvarse él), pero Martín de Nora los enfrentó, mató a un perro y peleó con los guardianes eliminando e hiriendo a algunos, y él fue muerto por los restantes, lo que facilitó la escapada de la pareja y los que les acompañaban. (1)

 

Puente medieval sobre el río Órbigo al lado de las localidades de Hospital de Órbigo y Puente de Órbigo, León, que ya existían en la Edad Media, Por Jule Berlin de Berlín, Alemania - CC BY-SA 2.0, 

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Ya les quedaba menos para alcanzar las montañas de Asturias. Subieron por el puerto de Somiedo que está a occidente, al lado contrario de donde tenía sus tierras, pero más seguro, en cuanto menos transitado. Bajaron por el valle de Miranda guiados por dos caballeros asturianos que le apoyaban. Según describe Ruiz de la Peña, “Para llegar a la fortaleza de Noreña, centro de su señorío, Enrique de Trastámara se veía obligado a recorrer desde el puerto de Somiedo un largo y accidentado camino, más de un centenar de kilómetros, a través de varios concejos de la zona centro occidental de Asturias, donde no era fácil que encontrase buena acogida; en esas comarcas no parece que haya llegado a ejercer don Rodrigo Álvarez un control tan estrecho como el que tuvo sobre sobre los hombres y las tierras de la zona centro oriental del país.” (2)

 

Ruinas del claustro del monasterio de Santa María de Lapedo en Belmonte de Miranda, Asturias, en el s. XIV era cenobio cisterciense. Dibujo, F. J. Parecerisa, litografía J. Donon, Recuerdos y Bellezas de España, J. M. Quadrado, Madrid, Dominio público, 

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Cerca del monasterio de Santa María de Belmonte comprobaron que no podían pernoctar en el lugar porque el señor del territorio, leal al rey, no quiso acogerlos. Seguirán caminando Juana y Enrique con sus pocas gentes, cansados y, probablemente hambrientos ya de noche, y acabaron en el concejo de Las Regueras, donde en Escamprero el hidalgo Rodrigo Alfonso, acostumbrado a dar techo a peregrinos y pobres, les recibió y les dio comida y alojamiento, y al marchar les ofreció la escolta de siete escuderos con lanzas que les acompañarán hasta la fortaleza de Noreña, y desde allí se trasladarán a Gijón, que también era suyo y entonces era una puebla muy bien fortificada, donde la pareja se estableció.


Pedro y Enrique


Hay referencia de que Alfonso XI dejó un testamento con instrucciones claras para su sucesión, la corona debería ceñirla su hijo legítimo y heredero, el infante Pedro, y en caso de que este falleciera sin hijos, tendría que sucederle Fernando, el infante de Aragón y marqués de Tortosa, hijo de su hermana Leonor y del rey Alfons IV de Aragón. Para los hijos habidos con su amante había previsto el papel de formar una nueva nobleza, más fiel al monarca por ser de su familia, con buenos patrimonios, y a su lado como consejeros y guerreros, pero nunca rebeldes y levantiscos como la vieja ricahombría que tanta guerra le había dado a su padre y a él. Pero sus planes se alterarán, porque con su conducta había dejado la simiente de la discordia, pues a menudo los bastardos quieren reinar y dan graves problemas a los herederos. A ello también contribuyeron la enorme ambición de Leonor de Guzmán y la de su hijo Enrique, y los errores de Pedro. El bastardo favorecerá precisamente a esa nobleza turbulenta que su padre había conseguido domeñar con gran esfuerzo. Su testamento no llegó hasta nosotros, posiblemente porque Enrique, en cuanto pudo lo mandó destruir, no tenía intención de que el párrafo de la sucesión se cumpliera, y tal vez algún otro que desconocemos.

Enrique II no es mejor que su medio hermano Pedro I, los dos son hombres de su tiempo, cuando la muerte es un recurso fácil; las lealtades se rompen una y otra vez; la dureza y la fuerza se imponen sobre el diálogo y la razón; y el poder se disputa con sangre. Si acaso, hay que considerar que Enrique es un rey usurpador, asesino de su hermanastro, y que contribuyó a la muerte de su primo Fernando de Aragón, el otro heredero del trono. Ambos asesinatos en encerronas seguras para él.

 

Detalle del retrato imaginario de Pedro I de Castilla, óleo sobre lienzo, 1857, Joaquín Domínguez Bécquer, Ayuntamiento de Sevilla, Dominio público,

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Detalle del aspecto imaginario de Enrique II, Virgen de Tobed con sus donantes, temple sobre tabla, 1359-1362, Jaume Serra, Museo Nacional del Prado, Madrid.

 

El entorno del bastardo se había dedicado desde el principio del enfrentamiento con Pedro, a desacreditarle a él a través de su madre, la reina María de Portugal, la legítima esposa de Alfonso, aunque al pretendiente esto le pesara como una losa, su madre era la manceba del rey. La gente de Enrique extenderán difamación, insultos e información falsa para ennegrecer la imagen de Pedro por medio de la reina, pero no vamos a entrar en ese terreno, ni a repetirla, porque para eso se creó, para que se extendiera.

La crónica que ha llegado hasta nosotros fue encargada probablemente por el propio Enrique, que tenía a su lado a Pedro López de Ayala desde 1366, cuando abandonó a Pedro I y se pasó al bando contrario junto con su padre, y recibió por ello cargos y bienes. A pesar de ese encargo, la fecha de elaboración de la crónica es imprecisa, ya que suele considerarse que está escrita en los años finales de su vida, y abarca desde Pedro I hasta los primeros años de Enrique III. Realizada con la clara intención de enaltecer la imagen de los Trastámara, especialmente de Enrique II, y de envilecer hasta la monstruosidad el recuerdo de Pedro. Este cometerá errores, dudará indeciso ante ciertas situaciones, hará justicias desproporcionadas, mandará matar a numerosos hombres y algunas mujeres, será rencoroso y vengativo, sin embargo buena parte de sus justicias eran propias de aquel tiempo, y son similares a las de otros reyes de la época, y, a menudo, tenían causas que la crónica oculta. Los vencedores escriben una historia a su conveniencia.

Enrique tenía su lado oscuro, aparte de cómo conseguirá el trono: en varias ocasiones huirá cuando no quiere enfrentar situaciones de peligro, actuará cobardemente, traicionará y engañará una y otra vez a su hermano, que le perdona en varias ocasiones y que intenta recomponer la relación con él, incumplirá frecuentemente la palabra empeñada, mentirá, y permitirá matanzas de la comunidad judía, hipotecará con sus dones y mercedes grandes propiedades de la corona, y abre un periodo de reyes en nada parecidos a Alfonso XI como monarca. Y, sobre todo, es el asesino del rey legítimo y un usurpador.

 

Pedro, II duque de Borbón y conde de Clermont, era padre de Blanca de Borbón, reina de Castilla como esposa de Pedro I,

Por Anónimo - http://visualiseur.bnf.fr/ConsulterElementNum?O=IFN-07842025&E=JPEG&Deb=1&Fin=1&Param=C, Dominio público, 

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Pedro repetirá la conducta de su padre abandonando a su esposa por una amante, pero en su caso, encerrando a la reina Blanca, a la que afirmará haber repudiado. Pero la gran diferencia con el rey Alfonso, es que este dejó maritalmente a María, pero nunca trató de aprisionarla, y ella fue la reina en todo los actos institucionales, compartía con él la corte cuando era necesario, le dio dos hijos (y no tuvo más, por falta de relaciones sexuales, como era notorio), y él, aparte de las arras, le hizo más donaciones para que pudiera cubrir ampliamente sus gastos.

Es muy difícil ser ecuánime con Pedro y Enrique, ambos han inspirado posturas enconadas y divergentes. La visión sobre Pedro es la que marca la que tendremos de Enrique. Sólo nos ha llegado una crónica, la del canciller Pedro López de Ayala, hombre muy culto, que vivió parte de los hechos que transmite, y con gran capacidad narrativa para dar tintes muy dramáticos a algunos sucesos; es difícil de creer que, cuando escribe bastantes años después, tenga información de diálogos y acciones muy concretas en las que no estuvo presente. Hay que leer con precaución esas descripciones teatrales, trágicas y que nos conmocionan, sus detalles de las justicias de Pedro sin explicar las causas, que frecuentemente las había, y dónde pone el foco de atención para resaltarlo ante nuestros ojos. Toda ella nos lleva a un juicio negativo sobre el rey, sin que tengamos el contrapunto de otras fuentes sobre él, más que a veces algunos documentos, pues buena parte de ellos fueron destruidos por Enrique II. Así que continuaremos navegando por este mar de tormentas y temporales tratando de no inclinarnos demasiado a un costado o a otro.

 

Niños jugando y tocando el címbalo, mármol, ca. 1438, Luca della Robbia, Museo de la Obra del Duomo de Florencia, Italia,

- Jastrow, own picture, Dominio público,

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Cuando Alfonso XI falleció en el cerco de Gibraltar, en Portugal, María la hija de Constanza Manuel había cumplido ocho años y crecía al lado de la reina Beatriz que se ocupaba de que tuviera la educación adecuada para llegar a ser incluso reina, sólo le quedaban cuatro años para casarla y será su abuelo, el rey Alfonso IV de Portugal,el que se encargue junto con Beatriz de negociar su matrimonio, y de darle una buena dote cuando llegue el momento. Porque su padre, el infante Pedro, estaba más pendiente de su amante y de los hijos habidos con ella. Vivía en Coímbra con Inés de Castro, ya había tenido los primeros hijos, Alfonso que falleció de muy niño y Beatriz, antes de morir Constanza Manuel, y ahora tendrá dos más, Joâo y Dionís. Ninguno de ellos llegará a ser rey, a pesar del interés de Pedro por legitimarlos posteriormente al asesinato de Inés, sino otro Joâo, el hijo de una barragana que tuvo tras la desaparición de Inés. Los dos varones acabarán en Castilla exiliados, donde morirán y será enterrados, y Beatriz, casada con Sancho, uno de los bastardos de Alfonso XI, tampoco regresará a Portugal. En cuanto tuvieron edad apropiada fueron enviados a la corte a criarse con Fernando y María.

En este tiempo, Inés no llegó a vivir en la casa real, y estaba rodeada de damas y caballeros de su familia y entorno de su clientela. Resulta muy extraño que, a pesar del gran amor que se afirma le tenía, Pedro no se casara con ella al morir Constanza. No sólo su padre el rey, sino los grandes nobles rechazaban esa relación y no querían aceptarla, por la influencia que ejercía en el infante, que se rodeaba de sus familiares y amigos. Temían que los Castro gallego se impusieran en el gobierno del reino y acabaran detentando el poder, él no tuvo valor de enfrentar aquella oposición. Era más cómodo tenerla a su disposición sin compromiso, en un palacio alejado de la corte.

Al mismo tiempo de iniciada su relación con Inés y probablemente por su influencia, Pedro se había hecho muy amigo de su hermano, Alvar Pérez de Castro, que se integrará en Castilla o Portugal según le convenga, y cuya intervención en algunos asuntos del reino vecino complicarán la vida de la casa real. Al morir Constanza, el rey Alfonso requirió a su hijo para que se casara de nuevo, pues todavía tenía veintinueve años. Pero el infante se negó a hacerlo. Según el cronista Rui de Pina, el rey le pidió que se casase o que dijese si Inés era su mujer para ser tratada como reina si era así, pero él “(…) sempre negou que o cazamento entre elles era feyto, nem tam pouco quis com outra molher cazar, para que dava escusas, & pejos que a sò sua vontade, & affeyçam sem mais razoens favoreciam, & isto tudo era só por nam leixar Dona Ines de Castro, a que queria grande bem & de que tinha os tres filhos, & huma filha que disse, aqual era su sobrinha, filha de seu com irmaô, (…).” (3)

 

Quinta de las lágrimas, reconstrucción de restos neogótico del palacio del s. XIX, en su jardín existen dos fuentes relacionadas con los amores de Inés de Castro y el infante Pedro de Portugal,

Por Joananv22 - Obra do próprio, CC BY-SA 3.0,

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El rey portugués tenía continua información de la situación en Castilla, siempre había mantenido mucha relación con su hija María, que le escribía con regularidad. Pero además, Enrique de Trastámara se había desplazado por mar hasta Portugal con la excusa de que huía de su medio hermano (el rey entonces no le perseguía) y pidió allí refugio y apoyo del rey Alfonso, que era su tío-abuelo por parte de padre. (4) Así que el monarca escribió a Pedro porque quería reunirse con él, para tratar de ser mediador en la situación entre los dos, y darle consejos sobre cómo llevar los asuntos. Veía que su nieto, que cada vez controlaba mejor el gobierno de los reinos, estaba muy enfrentado con su hermanastro, y le pidió que le perdonase. El rey portugués siempre había temido los problemas que pudieran generarle al heredero legítimo de Alfonso, la numerosa prole bastarda habida con Leonor de Guzmán. Dada su propia experiencia con dos de sus hermanastros, opinaba que estos podían querer hacerse con la corona de los hijos legítimos, pero ahora que era anciano deseaba aconsejar a su nieto que procurara llevar a Enrique por el camino de la amistad más que por el de la guerra.

Mientras la reina María se quedaba en Salamanca, su hijo se encaminó a Ciudad Rodrigo a tener las vistas con su abuelo. Fue una reunión muy familiar en la que se hicieron obsequios, no se veían desde que el monarca había estado con ellos en el alcázar de Sevilla tras la victoria de la batalla de Tarifa, y entonces Pedro era un niño, y ahora será la última vez que se encuentren. Alfonso consiguió el compromiso de Pedro de perdonar a Enrique. No será la única vez que le perdone.

Este había estado en Portugal varios meses, probablemente sin Juana que se habría quedado en Asturias. A principios de 1352, él ya estaba de nuevo en Gijón donde cumplió dieciocho años. Poco después comenzaba a abastecer la fortaleza y su villa, y los castillos de su propiedad. Extraña esta iniciativa, pues tras su estancia en Portugal sabía que el rey Alfonso había obtenido para él el perdón del rey Pedro, por lo que esta actitud resulta provocadora, ¿para qué quería que le perdonara, si no pensaba someterse al soberano? Siempre actuará con él así, era un engaño.

 

Gijón, la península de Santa Catalina en primer plano, donde se encontraba la fortaleza medieval, detalle de la cartografía de Pedro Teixeira, Descripción de España y de las costas y puertos de sus reynos, 1634, Dominio público, 

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Mientras tanto en Castilla, después de la reunión de Cortes, Pedro tuvo noticias de que Alfonso Fernández Coronel se había hecho fuerte en Aguilar. Esta villa tenía una larga historia de porfías por su propiedad, que habían sido dirimidas por Alfonso XI y había quedado de realengo. Fernández Coronel se comprometió a dar el castillo de Burguillos, que era muy fuerte, al señor de Alburquerque a cambio de que consiguiera que el rey Pedro le diese Aguilar a él, le hiciera ricohombre, y le diera pendón y caldero (atributos de la ricahombría). El valido cumplió su compromiso, pero no Fernández, y ya había maquinado con Núñez de Lara, que ahora estaba muerto. En lugar de enmendarlo, dándole Burguillos, le entró un gran pavor del valido, no fue a la reunión de Cortes, abasteció Aguilar y se hizo fuerte en la villa.

Pedro reunió gente de armas de Castilla y Andalucía para cercarle, temía que la postura del nuevo ricohombre propiciara movimientos de guerra en la frontera por parte de los granadinos. Llegado a sitiar la villa, el rey envió a dos caballeros para decirle que le recibiera como su rey y señor, pero él se negó con excusas. Varios amigos de Fernández Coronel le dijeron que lo acogiera, que se buscaría una solución. No hubo forma de convencerlo. Pedro tomó todos sus bienes para darlos a otros, dejó al maestre de Calatrava y a caballeros por fronteros de la villa, y se marchó para Castilla, porque en el norte, en Asturias el conde Enrique de Trastámara estaba haciendo lo mismo.

En Gijón se encontraba Juana Manuel con Enrique, la joven ya debía de tener catorce años, y ejercía como señora consorte en sus tierras de Asturias. Aquellas damas seguían inevitablemente el destino de sus maridos, y tomaban como suyos sus objetivos, sus deseos y sus ambiciones, lo que, a veces, les llevaba a adoptar conductas que no eran acordes con lo que habían aprendido en sus familias o con sus principios religiosos. Pero, salvo raras excepciones, las circunstancias de sus esposos les afectaban de lleno. Ahora enfrentaba una situación inestable y con dificultades, que requería su apoyo a Enrique, y le exigirán toda la fortaleza, energía y decisión de la que era capaz. 

 

Plano de la península de Santa Catalina, con el puerto, que correspondía a las murallas y fortaleza medieval; antes del asedio de Pedro I, Enrique abandonaba huyendo a un lugar muy fuerte en las montañas; más abajo la villa de Gijón de crecimiento posterior, 1870, Francisco Coello,

https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Evoluci%C3%B3n_hist%C3%B3rica_del_plano_de_Gij%C3%B3n



El conde de Trastámara, al saber que venía su medio hermano el rey, la dejó en la villa acompañada de caballeros, dirigidos por Pedro Carrillo, y él se fue a un lugar muy fuerte en las montañas llamado Monteyo (no lo hemos localizado). Ya veremos cómo Enrique dejará a Juana o a nobles que le apoyan, y él huye de los problemas en más de una ocasión. Durante toda su vida, ella se nos muestra con más seguridad y ánimo frente al peligro y las adversidades que su esposo. “(…) el centro principal del poder del bastardo será la puebla de Gijón, cuyo privilegiado asentamiento sobre un tajado promontorio de la costa unido a tierra firme por una estrecha lengua de arena y la protección de sus recias fortificaciones levantadas sobre las de un primitivo asentamiento romano, hacían de la villa una plaza casi inexpugnable. Su puerto brindaba, además, la posibilidad de una ida por mar en caso de extremo peligro.” (5)

El rey lo cercó alrededor de dos meses, y Pedro Carrillo que defendía la fortaleza llegó a un acuerdo de hacerle pleito homenaje, que perdonase al conde y se acabaría la guerra en todos los lugares de Asturias. En una nota en la crónica hay una carta de Enrique de 26 de junio de 1352, a su hermanastro el rey, reconociendo que este le ha perdonado a él y a los suyos por todo lo que ha hecho, y que le ha devuelto todos los bienes que le había quitado, y relata las circunstancias de su patrimonio por el perdón del rey. (6)


Notas


(1) Ruiz de la Peña Solar, J. I., Enrique de Trastámara, señor de Noreña, pp. 204 y 205, Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, n.º 137, año XLV, Oviedo, enero junio 1991.

(2) Ibidem, p. 206.

(3) de Pina, Rui, Chronica de ElRey dom Afonso o quarto, cap. LXIV, p. 194, Lisboa, 1936.

(4) de Jesús, Rafael, Monarchia Lusitana, parte VII, cap. XIII, pp. 533 y 534. Lisboa, 1683.

(5) Ruiz de la Peña Solar, J. I., Op. cit., p. 212.

(6) López de Ayala, P., Crónicas de los reyes de Castilla, rey don Pedro I, Tomo I, cap. V, p. 76, nota de E., Madrid, 1769.


María de Padilla

Monasterio de Santa María de Trianos, cerca de Cea, 1352

 

 



Ruinas de la iglesia, románica, s. XII-XIII, del monasterio de Santa María la Real de Trianos, Villamol, cerca de Cea, León, posiblemente allí se conocieron María de Padilla y el rey Pedro I de Castilla y siguieron unidos hasta la muerte de María, 

https://www.monestirs.cat/monst/annex/espa/calleo/lleo/ctrian.htm




 

Anteriormente en su marcha hacia Gijón, Pedro había parado en el monasterio de Santa María de Trianos cerca de Cea, donde se había alojado y había conocido a María de Padilla, una joven de unos quince años que se criaba desde hacía tiempo en la casa del señor de Alburquerque, acompañando junto con otras doncellas y damas, a su esposa Isabel Téllez de Meneses. ¿Quién había provocado el encuentro? La versión más probable es que había sido su tío, Juan García de Hinestrosa, el que habría hecho de “celestina”, llevando a su sobrina al monasterio y suscitando la coincidencia de ambos jóvenes, lo que podría abrirle la puerta de la corte a él. Por su parte, la crónica sostiene que pudo ser el valido, pensando que sería una forma de controlar al rey, (en la época era normal conseguir alguna doncella a los reyes para que fuera su amante, y que el monarca lo premiara con algún favor) pero el plan se le habría vuelto en su contra.

María de Padilla era hija de Juan García de Padilla y de María González de Hinestrosa, una familia de baja nobleza castellana venida a menos. Por relaciones familiares de su madre con los Meneses llevaron a María a la casa de Isabel Téllez de Meneses, que se había casado con el ricohombre, para que al educarla allí, le proporcionaran una buena boda, dado que era bella e inteligente. También formaban parte de la familia tres personajes que tendrán gran protagonismo alrededor de Pedro I. Uno de ellos, que también tenía relación con el gran noble, trastocará la vida y los planes de este, era Juan Fernández de Hinestrosa, hermano de la madre de María y por lo tanto su tío, que se hará con la voluntad del rey; Diego García de Padilla, hermano de María de Padilla, que será nombrado maestre de la Orden de Calatrava; y Juan García de Villajera y Padilla, hijo bastardo de Juan García de Padilla, y hermanastro de María, que llegará a maestre de la Orden de Santiago. Lo que sucedió es que Pedro enloqueció por la doncella, y se la llevó con él.

Hinestrosa tenía sus propios proyectos, porque era un caballero maduro, que no había destacado en el reinado de Alfonso XI, y ahora tenía la oportunidad de escalar a altos puestos junto a Pedro. Hay una reveladora noticia sobre él de joven, el 1 de enero de 1332 cuando Alfons IV de Aragón en una carta a su cuñado Alfonso XI de Castilla, le rogaba que perdonara a Gonzalo Roys hijo de Garci Lasso de la Vega, y a Juan Fernández Hinestrosa, por los servicios recibidos de ellos y de sus hijos, pues mataron a dos enemigos suyos. (1) El caballero debía de andar junto al hijo de Garci Lasso de la Vega I, metidos en extraños sucesos, lo que continuará haciendo a lo largo de su vida, pues estará implicado en varias muertes mandadas por el rey.

 

Retrato de una joven dama, temple y óleo sobre tabla, ca. 1470, Piero Pollaiuolo. Museo Poldi Pazzoli, Milán, Italia,

- The Yorck Project (2002) 10.000 Meisterwerke der Malerei (DVD-ROM), distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH. ISBN: 3936122202., Dominio público,

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A partir de este momento María de Padilla acompañará a Pedro en buena parte de sus traslados con la corte. Desde su encuentro en Cea, la joven convivirá con él en los palacios donde se albergue, y a menudo también la reina María, que la irá conociendo y tendrá que compartir con ella parte de su tiempo. La reina era una dama discreta y paciente, y probablemente la aceptara como una relación temporal, aunque cuando el rey se case con Blanca de Borbón, verá el problema que irá generándose, y que ella tratará de encauzar en la medida de sus posibilidades.

La joven se había convertido en amante del rey, y él no la dejaba de su lado. En el asedio de Aguilar que duró cuatro meses, María se quedó en los palacios del alcázar de Córdoba, que Alfonso XI había construido sobre restos de una vieja fortaleza árabe, y había dispuesto unos bellos jardines, huerta, casas para los reyes, baños al estilo moro, estancias y torres defensivas. En ese ambiente tuvo su primer parto del que nació una hija a la que llamaron Beatriz. El rey le dio varios castillos y lugares.

La crónica nos transmite una imagen de ella como una dama de buen corazón que no compartía algunas decisiones de Pedro, y avisará a los posibles afectados por la justicia del rey, como Alvar Pérez de Castro o el maestre Fadrique. En los años que conviven, viajará con él sin descanso y le dará cuatro hijos. Y, como todas las amantes de los reyes o infantes, influirá en su voluntad para colocar a sus familiares y amigos, eso había sucedido ostentosamente con Leonor de Guzmán, y ahora estaba ocurriendo con María de Padilla. No era sólo su presencia al lado del monarca, sino de toda una camarilla que trabajará en beneficio propio.

 

Jardines del Alcázar de los Reyes Cristianos, Córdoba, fotografía: Jorge de Santaella.

Ya se había firmado el contrato de matrimonio de Pedro con la sobrina del rey de Francia, y el matrimonio se hizo por procuración en la abadía cisterciense de Preuilly, al sureste de París. Por lo que la joven Blanca de Borbón saldría aquel invierno probablemente del norte de la capital desde Vicennes, lugar en el que había nacido. Primero paró en Aviñón para visitar al papa, y después cruzó los Pirineos por el acceso de Cerbère y Portbou y llegó a Barcelona desde donde se desplazó a Castilla. Venía escoltada por varios nobles franceses, sus doncellas y damas, y con una larga comitiva de carros y mulas cargadas con el rico ajuar que le había regalado su tío, el rey Jean II.

Formaban parte de él ropas muy lujosas para su cámara y oratorio, y joyas y vajilla de materiales preciosos. Ropa confeccionada por sastres y artesanos hasta completar uno de los ajuares más bellos de una novia noble de aquella época. Con un alto coste para las arcas del rey, que en esos años se encontraban bastante vacías. Contrasta este lujo y abundancia con el incumplimiento del pago de la dote acordada en el acuerdo de matrimonio, porque los 300.000 florines de oro comprometidos en varios plazos, no los pagará completamente, y lo poco que enviará se retrasará en cumplirlo. Sorprende que el rey francés se obligara a tal cantidad cuando no tenía dinero para pagarla, lo que molestará mucho al rey Pedro de Castilla, y pudo ser una de sus razones para repudiarla.

La contaduría del rey francés había comprado numerosas piezas de tejidos extraordinarios, unas para vestir con cortinas y edredones la cama, y las otras fastuosas telas y pieles de armiño y ardilla para cotas, briales, hopalandas, camisas, capas y abrigos de gran belleza y suntuosidad. Blanca traía además en su equipaje: vajilla, cubertería, tapices, alfombras, sábanas, un edredón de seda, cobertores y el equipo completo para vestir una cama con estructura: cortinas de cendal, un “cielo” y “sobrecielo” para cubrir la parte superior de la armadura. Todo venía guardado en cofres y cajas forradas de cuero para transportarlo. Una corona de oro adornada de pedrería que costaba 3.200 escudos de oro. Y un “chapel” (bonete) de oro con esmeraldas, diamantes y perlas grandes, de un precio de 2.560 escudos de oro. (2)

 

Valladolid, grabado, 1572,

- Georg Braun; Frans Hogenberg: Civitates Orbis Terrarum, Band 1, 1572 (Ausgabe Beschreibung vnd Contrafactur der vornembster Stät der Welt, Köln 1582; [VD16-B7188)Universitätsbibliothek Heidelberghttp://diglit.ub.uni-heidelberg.de/diglit/braun1582bd1, Dominio público,

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En Valladolid la recibieron la reina María y Leonor, la reina madre de Aragón. Con ellas convivirá en las casas reales de la ciudad, hasta que su esposo aparezca por allí. El papa Inocencio VI estaba muy informado de los asuntos de Castilla, y lo mismo que había influido en la realización de aquel matrimonio, ahora escribía a la reina madre felicitándola por su relación afectuosa con la novia, que deseaba se mantuviera y que la amistad entre los dos reinos se fortaleciera. Al mismo tiempo enviaba una carta a Blanca recomendándole que fuera una esposa y nuera “amable y dócil.” De Pedro conocía los amores por la Padilla, pero pensaba que sería algo pasajero, y también le mandó otra misiva exhortándole a amar a su esposa como se merecía por sus cualidades y nacimiento, sin entrar en el tema de la amante. El papa va a seguir muy de cerca las desventuras de la joven reina de Castilla. (3)

Pedro y María de Padilla con su hija Beatriz regresaron a Castilla y pararon en Torrijos, donde existía un palacio-alcázar mandado construir por Alfonso XI sobre los restos de una antigua fortaleza, y que Pedro dotará con más dependencias. Allí bautizarán a la recién nacida Beatriz y se realizarán festejos en su honor, como unas justas que mandó hacer el rey y en la que fue herido en una mano que no paraba de sangrar, por lo que tuvieron que permanecer un tiempo. Pedro sabía que su prometida Blanca de Borbón había llegado a Valladolid y tenía que marchar a casarse con ella. No deseaba hacerlo, lo hará a regañadientes. En ese momento tiene dieciocho años, ha encontrado a una joven de la que se ha enamorado, con la que se lleva bien y hacen vida matrimonial. Acaban de tener una hija, parecen una familia feliz en su intimidad, pero fuera y alrededor hay una dura pugna por el poder, ambiciones desatadas, y Pedro es el rey que está haciendo frente a levantamientos, poniendo freno a los nobles, que lo que desean es manejarlo. Por un lado, vemos un entorno de amor y felicidad y por otro, un ambiente ardiendo de furia que muy pronto invadirá totalmente la vida del rey y lo arrastrará. Él se dejará llevar por sus pasiones, a veces la ira, otras el sexo, y eso contribuirá a aumentar sus problemas.


La boda de Blanca de Borbón con Pedro I, rey de Castilla y de León

Iglesia de Santa María la Mayor, Valladolid, 1353


Estando en Torrijos llegó Juan Alfonso de Alburqueque, que habló muy seriamente con Pedro, haciéndole ver su obligación de ir a Valladolid a celebrar la boda religiosa con Blanca y que le convenía tener hijos legítimos con ella. Le recordó lo que había sucedido en Sevilla, cuando estuvo enfermo y se desató una disputa de bandos por la sucesión, porque no tenía herederos. El valido estaba viendo cómo los parientes de la amante del rey, Juan Fernández Hinestrosa, su tío, Diego García de Padilla, su hermano, y Juan Jofré Tenorio, muy amigo de la familia, estaban convirtiéndose en privados del rey y poniéndose en su contra. Pronto vería mermado su valimiento, hasta acabar enfrentado con el monarca por los hechos que van a producirse.

 

Castillo de Montalbán, San Martín de Montalbán, Toledo, s. XIII sobre fortaleza árabe anterior,

Por Canodelacuadra - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0 es,

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De mala gana, Pedro dejó a María en el castillo Montalbán, lugar muy fuerte que había dado a su hija Beatriz, y las encomendó a Juan García de Vallejera el hermanastro de la concubina. Y él partió para Valladolid para efectuar sus bodas con Blanca. La noble francesa era muy bella, rubia y de unos dieciséis años, y se encontraba esperando al novio viviendo en las casas reales con la reina María.

Para la boda llegaron a Cigales, cercano a Valladolid, Enrique de Trastámara y Tello con numerosos hombres de armas, que pretendían entrar con todos ellos en la ciudad. Alburquerque advirtió al rey de la extraña conducta de sus hermanastros, por lo que Pedro con numerosos ricoshombres se dirigió a Cigales para encarar la situación. La escusa para venir en asonada era que tenían miedo de Juan Alfonso de Alburquerque,

porque detentaba mucho poder al lado del rey. Tras este enredo lo que se escondía eran los tratos que estaba urdiendo Enrique con los familiares de María de Padilla contra el señor de Alburquerque. Y el rey lo sabía, también su postura con respecto al valido estaba cambiando, a pesar de los años que llevaba a su lado desde niño, de sus enseñanzas y consejos, el afecto entre ellos estaba borrándose. Pedro no quería luchar con su hermano y no pelearon, sino que consiguió que vinieran a su merced con algunos de sus hombres más importantes.

 

Restos de la colegiata de Santa María la Mayor de Valladolid, s. XI-XII-XIII,

https://www.monestirs.cat/monst/annex/espa/calleo/valladolid/cvallmm.htm


 

La ceremonia de casamiento de Pedro I de Castilla y Blanca de Borbón se efectuó en la iglesia de Santa María la Mayor de Valladolid. Ambos fueron lujosamente vestidos con ropas blancas de oro forradas de armiño, y sobre caballos blancos. Eran sus padrinos, Juan Alfonso de Alburquerque y Leonor, la reina madre de Aragón, que iba engalanada con un brial blanco de lana adornado con pieles de ardilla gris. Los hermanastros Enrique y Tello iban a pie llevando las riendas del caballo de la reina Blanca. Fernando, el infante de Aragón, portaba las riendas de la mula que montaba su madre la reina Leonor. La reina María vestía ropas de xamete (rica tela de seda entretejida de oro) blanca con pieles de marta cibelina, y su sobrino Juan, infante de Aragón, conducía por la riendas la mula que la llevaba. En la ceremonia Margarita de Lara, hermana de Juan Núñez de Lara, ya fallecido, y tía de Juana Manuel, estuvo en un lugar privilegiado detrás de la novia, como dama de honor, y un tiempo después entró como monja en el monasterio de Santo Domingo de Caleruega. También había acudido a la boda Pedro de Jérica, el ricohombre del reino de Aragón que había sido un gran apoyo para la reina Leonor, adelantado mayor del reino de Murcia, y vasallo del rey Alfonso XI durante algunos años. El señor de Jérica había traído varios halcones y arneses de justar como obsequios a Pedro por su boda, y el rey le regaló caballos y joyas. Tanto él como la reina Leonor estuvieron muy contentos de volver a verse tras bastante tiempo, habían tenido muy buena amistad y respeto mutuo.

Se hicieron grandes celebraciones con banquetes, justas y torneos. Pero a los tres días, Pedro estaba posando en su palacio y comiendo solo. Al parecer ya había abandonado a su esposa y tenía planes de marcharse a Montalbán. La información había corrido rápidamente, porque llegaron a verle y hablar con él, su madre la reina María y su tía la reina Leonor.

Es fácil imaginar la decepción que habría sufrido Blanca, aunque era una boda que le habían impuesto. Aquella noble francesa que había llegado cargada de un hermoso ajuar hacía ya meses, que había tenido que esperar la presencia del novio y que acababa de casarse. ¿Cómo miraría los vestidos bordados, las cortinas de su cámara, los abrigos forrados de armiño? Todo aquel lujo, ¿a dónde iría a parar, para quién serviría? Sabía que su esposo convivía con una amante de la que ya tenía una hija, e iba a volver junto a ella. Comenzaba para Blanca un duro camino, en un reino desconocido, con un idioma diferente y gente que no había tratado. Su primer apoyo será su suegra, la reina madre.


Notas


(1) Moxó y Montoliu, F., La relación epistolar entre Alfonso XI y Alfonso IV en el Archivo de la Corona de Aragón, doc. 79, En la España medieval, n.º 3, 1982.

(2) Douët-D’Arcq, L., Comptes de l’argenterie des rois de France au XIVe siècle, pp. 185 a 187 y 287 a 302. Societé de l’Histoire de France, París, 1851. https://gallica.bnf.fr

(3) Daumet, George, Innocent VI et Blanche de Bourbon, Lettres du Pape publiées d’après les registres du Vatican, pp. 14 y 15, París, 1899. https://gallica.bnf.fr



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