29 mayo 2025

21. La vida en la corte inglesa y la lejana corona de Castilla.

 

Las bodas de las infantas Leonor de Castilla con Carlos de Navarra

y Leonor de Aragón con Juan de Castilla,

Iglesia del convento de San Francisco, Soria, 1375


Fallecida Leonor de Sicilia, Pere acabó llegando a un acuerdo con Enrique y aceptó, aunque con desagrado, el casamiento de su hija con el primogénito de Castilla. La boda se celebraría en Soria, que estaba en la frontera de los dos reinos, a donde enviaría a la infanta. Coincidía que la hija de Enrique, también llamada Leonor, y su desposado Carlos de Navarra ya habían alcanzado la edad de poder casarse, así que el rey castellano pidió al navarro que, aprovechando la circunstancia de que la boda iba a celebrarse en Soria, cercana al reino de Navarra, mandase al infante y así podían realizarse los dos matrimonios.

Juana Manuel con sus hijos Juan y Leonor se desplazaron con su séquito a Soria. Al poco llegó la infanta Leonor de Aragón (se da la coincidencia de que los hijos de Enrique y Juana se llamaban igual que el mayor y la pequeña de Pere IV y Leonor de Sicilia) acompañada por el arzobispo de Zaragoza y ricoshombres y caballeros de Aragón, además de su aya y sus damas, así como su ajuar de novia, en el que se encontraba lo que su madre le había dejado en su testamento. Al poco se incorporaba al grupo, el infante de Navarra, con los nobles y caballeros de su corte y del reino.

Los reyes de Castilla y sus hijos debieron de alojarse en el monasterio de San Francisco, en cuya iglesia se celebrarían los enlaces de los infantes. En Soria existía un castillo en el que estaba prisionero Juan, uno de los hijos del rey Pedro I, y probablemente tendría habitaciones reales, pero a menudo los reyes preferían aposentarse en las estancias reservadas para ellos en algunos cenobios, porque eran más acogedoras, cálidas y con un luminoso claustro. Los frailes embellecieron su iglesia con flores y plantas olorosas, tapices en las paredes y prepararon un estrado de madera con paramento vestido de colgaduras de terciopelo color carmesí, con las armas de Castilla, de Aragón y de Navarra.

 

Restos del convento de San Francisco, Soria, posiblemente en su iglesia se celebraron las bodas entre la infanta Leonor de Aragón y el infante Juan de Castilla, y de Leonor de Trastámara y el infante Carlos de Navarra,

https://www.turismosoria.es/que-ver/monumentos/restos-convento-de-san-francisco-y-rincon-de-becquer/


Las casonas y palacios de los nobles de la ciudad y sus alrededores estaban todos ocupados. Algunos de los ricoshombres que habían venido como acompañamiento, llevaban sus propias tiendas de acampar y se quedaron cerca de la ciudad, porque ya era entrado mayo, y los grandes fríos habían pasado. En la ciudad había un ambiente festivo muy animado. El bullicio y el ir y venir de servidores y de los propios vecinos de Soria que, de una u otra manera, estaban implicados en la celebración, era incesante. Había mucho trabajo por hacer para tantos visitantes y para dos bodas consecutivas. El 27 de mayo se casaban Leonor de Castilla y Carlos de Navarra, y el 18 de junio lo hicieron Leonor de Aragón y Juan de Castilla. Los festejos, banquetes con música y juglares, justas, torneos y juegos de cañas se desarrollaron a lo largo de mayo y junio y se unieron con las celebraciones de san Juan. En Soria esa fiesta tenía gran arraigo popular y era una fecha muy importante del inicio del verano, por lo que eso significaba en los trabajos del campo y en la alegría de la vida con el cambio de temperatura en un lugar tan frío.

Una vez en la corte castellana, Leonor de Aragón se mantendría en permanente contacto con su padre y sus hermanos. El febrero de 1376 desde el Palacio Real Mayor, el rey le escribía explicándole que no podía enviarle el papagayo que había sido propiedad de la reina Leonor de Sicilia, y que su hija le había pedido, porque la madre de Dolceta (desconocemos quien era) había dicho que no dejaba que saliera del reino. Al mismo tiempo, el rey enviaba a su hija un reloj que señalaba y tocaba las horas y con un astrolabio que mostraba el movimiento de los astros y de los signos del zodiaco. (1)

 

El hombre zodiacal, miniatura, a. 1411-1416, hermanos Limbourg, Las muy ricas Horas del duque de Berry, Museo Condé, Palacio de Chantilly, Francia, Trabajo propio, Dominio público,

                              https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=108849



El hijo adulterino de Enrique II, Alfonso Enríquez, que había desposado a Isabel en la ciudad de Santarem, se trasladaba a menudo con su gente a sus tierras de Asturias y Galicia, mientras la joven portuguesa se quedaba en la corte con la reina Juana. La relación entre padre e hijo era muy tensa por la negativa de Alfonso a aceptar aquella boda, y llegó a tal punto, que en uno de sus viajes se embarcó y se fue al puerto de La Rochelle y de allí se dirigió a París, a presentarse ante el rey Charles V, amigo del castellano, y se quejó de que Enrique le obligaba a una boda que él no quería de ninguna manera, y de que, si no lo hacía, le iba a deshonrar y a meter en prisión. El rey francés le recomendó que obedeciera a su progenitor. Alfonso marchó entonces a Aviñón a ver al papa con la misma protesta, y Gregorio XI le aconsejó que siguiera el designio de su padre. Durante un tiempo el conde estuvo por tierras francesas y varios meses como invitado del rey de Navarra.

Las noticias de la aventura de Alfonso llegaron a la corte castellana, y Enrique reaccionó en seguida, indignado con su hijo, que le ponía en la situación de incumplir el tratado con Fernando I de Portugal y de hacerle una afrenta sin necesidad. Le retiró los lugares y las rentas que tenía, y una parte de ellas se las pasó al duque de Benavente, Fadrique, otro de sus hijos bastardos. Un tiempo después, el huido regresaba a Castilla y aparentemente se reconciliaban. Su intención, como ya veremos, seguía siendo la de no casarse con Isabel. Esta debía de estar muy ofendida, no sabía la razón del rechazo, y como buena dama de la época obedecía la decisión de su padre de casarla con aquel desagradable caballero, aunque estuviera harta de desaires y humillaciones.

 

Isabel de Portugal, miniatura, s. XVI, Antonio de Holanda, Historia Genealógica de los Reyes de Portugal. Isabel era hija natural del rey Fernando I de Portugal y era condesa de Noreña por su matrimonio con Alfonso Enríquez, hijo bastardo de Enrique de Trastámara,

                        - http://digitarq.dgarq.gov.pt/details?id=4187654, Dominio público,

                              https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=44443940



Juana Manuel continuaba velando por los monasterio franciscanos de Castilla, y aquel verano concedió al de Santa Clara de Valladolid el yantar que le correspondía en la villa como reina. La tradición se mantendrá, y cuando la reina fallezca en 1381, su nuera Leonor, la esposa de Juan I hará también la donación de esa cantidad.


Inglaterra hacia 1376, la muerte de Edward de Woodstock, heredero del trono


El heredero de la corona inglesa, Edward de Woodstock, había empeorado desde la expedición a La Rochelle, y estaba tan enfermo que no podía ayudar a su padre en la gestión del gobierno, porque el rey había envejecido mucho, y realmente quienes llevaban la administración eran el canciller y los consejeros, y John de Gante se ocupaba de Aquitania, mientras la amante del rey, Alice Perrers, realizaba las funciones de la reina (la esposa de Edward III había fallecido en 1369). La concubina era inteligente, ambiciosa y sabía gestionar muy bien su patrimonio. El monarca le hizo numerosos regalos en tierras, mansiones y joyas, aparte de lo que ella poseía. “En 1375, el rey le dio un papel clave en un torneo de Londres, cabalgando en su propio carro como Dama del Sol, vestida con ropa de oro. Esto causó mucho escándalo. Con las arcas del gobierno sufriendo conflictos en el extranjero, la extravagancia de Alice Perrers se convirtió en blanco de críticas, ampliadas porque significaba su gran poder sobre el rey.” (2) En esas fechas el Parlamento también estará contra John de Gante, porque le identificabancon los desastres militares. 

La dama había sabido mantener la relación amistosa con Edward de Woodstock y con John, que era el que gobernaba. Fue convocada por el Parlamento para responder de algunas acusaciones, por las que se le condenó a apartarse del rey y de la corte, bajo pena de confiscarle todas sus propiedades y ser desterrada. Pero el nuevo Parlamento favorable a John de Gante acabó por revocar aquellas decisiones e incluso el rey la indultó. 




Retratos imaginarios de Edward III, rey de Inglaterra, y al lado su amante Alice Perrers, detalle del óleo siguiente, arriba ángulo derecho.   
Chaucer en la corte del rey Edward III de Inglaterra, óleo sobre lienzo, 1856-1865, Ford Madox Brown, Tate National Gallery, Londres, -Art UK, Dominio público,

                            https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=91890901

 


 



Tras la cabalgada infructuosa del duque de Lancaster, el rey Eduardo III le había dado una buena reprimenda por los errores cometidos y el resultado de la expedición.En 1374, el duque estuvo retirado de la vida pública durante varios meses. Después, la enfermedad de su hermano mayor y la vejez de su padre le obligaron a regresar, la dirección de los asuntos del reino le tenían muy occupado, pues debía acudir o permanecer en Londres a menudo. Constanza se quedaba con la pequeña Catalina y, a veces, con los hijos de John, en el castillo de Tutbury, adonde también iba frecuentemente el duque. 

La reclamación del trono castellano era un proyecto que se había estancado, porque además de la actividad de su esposo, las propiedades inglesas en Francia daban problemas y desgastaban la energía y la atención de la corona inglesa. John de Gante había tenido que posponer una y otra vez la reivindicación de Castilla para atender los asuntos acuciantes de Inglaterra. Tal vez esos retrasos provocaron que los resultados en la península no fueran los deseados. 

 

Retrato imaginario de Isabel de Castilla, duquesa de York por su matrimonio con Edmund de Langley, hija de Pedro I y de María de Padilla,

Por un artista medieval desconocido - Historical portrait special edition, Dominio público,

https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=39865228





En 1373 al año de casarse, Isabel había tenido su primer hijo a quien llamaron Edward, como su tío y su abuelo, el rey. En 1374 nació una niña a la que pusieron de nombre Constanza, en honor de la hermana de Isabel, que no sabemos si fue su madrina. El tercer hijo habría nacido en 1375, que parece la fecha más razonable, aunque algunos autores consideran que vino al mundo diez años más tarde, en 1385, bautizado Ricardo, como el hijo de Edward de Woodstock.

El matrimonio de Isabel con Edmund no debía de ser feliz, por la diferencia de edad y de caracteres. De ella los historiadores apuntan que, a partir de 1374, tuvo una relación amorosa muy larga con John Holland, un hijastro de Edward de Woodstock, e hijo de Joan de Kent con su primer marido Thomas Holland. John era joven como Isabel, sólo le llevaba tres años, ella debía de tener una forma de ser alegre y festiva, y él era impulsivo y tenía mucho temperamento, como se veía por algunos de sus actos. No sabemos si esta afirmación era cierta o un infundio, porque tuvieran una relación amistosa y se llevaran bien, dadas sus personalidades. Thomas Walsingham, el monje responsable del scriptorium de la abadía de San Alban y que escribió varias obras históricas, contribuyó a su “mala fama” criticándola muy duramente.

Cuando Catalina, la hija de Constanza y John de Gante, pasó la primera niñez se crió con lady Mohun, una dama noble de una familia muy cercana a la casa real inglesa. Contanza entonces, mientras su esposo se dedicaba a planificar sus campañas y las realizaba, mantenía sus costumbres religiosas de acudir a misa y leer su Libro de Horas. En el tiempo que estaba en la corte asistía a las lecturas del poeta Chaucer para las damas. De ese recuerdo existe una iluminación (el llamado frontispicio del manuscrito del Corpus Christi College de Cambridge) de su texto Troilo y Criseida en que aparecen el rey Richard II y un grupo de personajes de la corte escuchando al escritor que les lee desde un estrado, y hay algunos autores que consideran que una de ellas es Constanza, aunque es una opinión un tanto arriesgada, ya que no hay evidencias para poder afirmarlo con seguridad

 

Geoffrey Chaucer leyendo sus poemas ante la corte del rey Ricardo II de Inglaterra, frontispicio de Troilo y Criseida, ca. 1400, MS 61, Parker Library, Corpus Christi College, Cambridge,

https://www.worldhistory.org/image/10446/chaucer-reading-his-poetry-to-the-english-court/



 

Allí compartía con ellos, música, libros, lecturas y audiciones, y tenía contacto continuo con sus fieles amigos de Castilla que venían a visitarla o que la rodeaban a su servicio. Beneficiaba a centros religiosos como la abadía de San Alban, y a algunos clérigos como en el caso de un fraile para el que solicita ayuda al Canciller de Inglaterra en 1377. También visitaba al obispo Braybroke, alto cargo del reino.

Castilla seguía siendo su objetivo, pero por ahora estaba en espera de mejores tiempos. Portugal había necesitado urgentemente el apoyo inglés, porque sufrió varias derrotas, y tuvo que firmar una paz vergonzosa aceptando las condiciones de Enrique II, que le obligaba a enviar barcos a los combates que acometiera Castilla con Francia contra los ingleses, casar a sus hijas con un hijo bastardo y un hermano del castellano, y echar del reino a los nobles que habían apoyado a Pedro I. Después de haber firmado acuerdos con el rey portugués para atacar a Enrique II, John de Gante no pudo cumplir lo acordado, porque Inglaterra empleaba grandes recursos para defender con su armada el puerto y ciudad de La Rochelle y su entorno, que sin embargo se perdieron. En Aquitania la corona inglesa se había hecho muy impopular por los enormes impuestos que exigió Edward de Woodstock, una vez que no pudo recuperar el gran gasto de la campaña de Castilla por su ayuda a Pedro I.

En 1375 John de Gante y su hermano Edmund de Langley, en representación de su padre Edward III tenían conversaciones con los embajadores franceses en Brujas. Como la paz aparecía imposible, en junio se firmó una tregua de un año. En noviembre regresó, esta vez con Constanza, y durante el largo periodo de conversaciones se realizaron fiestas y banquetes para agasajar al duque de Anjou, negociador francés, y a los que asistió la duquesa, “(…) y fue en Gante, su propio lugar de nacimiento, donde el hijo del duque, John, también llamado John de Gante, nació, al regreso de la duquesa de una peregrinación a San Adrián de Grammont.” (3) Constanza había ido a la abadía benedictina de San Adrián, que tenía las reliquias del santo. El monasterio se encontraba en la villa de Grammont al sureste de Brujas, y cuando volvía de la peregrinación se puso de parto en el camino y se detuvieron en Gante, antes de llegar a Brujas que está más al noroeste. Tal vez se alojaron en el mismo lugar que entonces la reina Felipa de Heinaut, en la muy antigua abadía benedictina de San Bavón a las afueras de la ciudad, en un paraje muy hermoso.

 

Ruinas de la Abadía de San Bavón, Gante, Bélgica, s. XII-XIII sobre restos más antiguos, probablemente allí había nacido John de Gante, y en 1375 también se aposentó Constanza de Castilla con el duque y nació su hijo bautizado como John,

                                                       Por Wernervc - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0,

                                    https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=58228829




Poco después, Edward de Woodstock, el heredero de la corona, fallecía en el palacio de Westminster en junio de 1376 a consecuencia de la larga enfermedad que sufría. Probablemente, con él desaparecía el último caballero de los reinos occidentales. Había sido un hombre valiente, con una gran capacidad militar, brillante, con mucho atractivo y carisma, una sabia manera de llevar los asuntos, y amante esposo y padre. Sería enterrado en la catedral de Canterbury, y sobre su tumba de mármol se colocó una hermosa efigie del príncipe con su armadura completa en bronce dorado, como era costumbre en la casa real inglesa, mandada hacer hacia 1380 por su hijo el rey Richard II. Su muerte fue un golpe muy duro para la familia, y popularmente, porque se esperaba que su reinado sería positivo para Inglaterra. Edward III al saberlo perdió la poca energía y ánimo que le quedaban, y era incapaz de ejercer el escaso mando que había mantenido en el último tiempo.


Notas


(1) Rubió y Lluch, A., Documents per l’Historia de la Cultura Catalana Mig-Eval, vol. I, doc. CCLXXXIV, Institut d’Estudis Catalans, Barcelona, 1908.
https://archive.org/details/documentsperlhi00llucgoog/page/n9/mode/1up

(2) Johnson Lewis, Jone, Alice Perrers: Mistress of Edward III, ThoughtCo., 18 de marzo 2017. (Traducción propia del inglés). https://www.thoughtco.com

(3) Armitage-Smith, Sidney, John of Gaunt, pp. 119 y 120, Nueva York, 1873. (Traducción propia). https://archive.org/details/johnofgaunt001003mbp


La lejana corona de Castilla

 

Todo el peso del gobierno recayó en John de Gante, y tuvo que enfrentarse a una reunión de Cortes muy tensa, porque sus integrantes mostraron el descontento por las continuas derrotas militares de los últimos años, y el gasto que habían representado. También había resentimiento por su matrimonio con una princesa castellana y que el duque se llamara rey de Castilla y León.

En esta situación se iniciaron los ataques del monje Thomas Walsingham, que redactó una crónica en la que utilizaba los infundios y la difamación, verdades a veces deformadas, callaba otras y escribía el Chronicon Angliae, que pasará a la posteridad y marcará, en buena medida, la imagen de John de Gante distorsionándola, porque no existe documentación o crónica alternativa para contrastarla. El hecho recuerda la labor de Enrique II en Castilla frente a su hermanastro Pedro I, con la crónica sesgada de Pedro López de Ayala. El monje, como el cronista castellano, utilizará el “se dijo”, “se aseguraba”, esos impersonales tan dudosos y dañinos. Curiosamente el argumento de que John de Gante no era hijo del rey Edward III, sino de una mujer de Flandes será utilizado, al igual que en Castilla se había usado el mismo, diciendo que Pedro era hijo de una judía.

El trono de Castilla había quedado como objetivo inalcanzable en aquellos momentos, las circunstancias no permitían luchar por él. Los castellanos fieles a Pedro, que se habían integrado en la corte del duque de Lancaster, cumplían sus cometidos en su entorno, sin poder hacer planes de regresar a sus tierras. El ejemplo de fidelidad y compromiso de un caballero impecable era el del ricohombre gallego Fernando de Castro, que trabajaba junto a John de Gante, pero a parte de los temas de la recuperación de Castilla, probablemente también servía a Constanza, y hacer esa tarea, tal vez le gratificaba y tranquilizaba su inquietud de volver a Galicia. Según la crónica de López de Ayala, falleció en 1375, “(…) estando el Rey Don Enrique en Soria faciendo las bodas á sus fijos, sopo como Don Ferrando de Castro, que estaba en Inglaterra, era finado.” (1

 

Geoffrey Chaucer como peregrino, miniatura, Cuento de Melibea, Cuentos de Canterbury, 1400-1410,

                                The Huntingdon Library, Ellesmere Chaucer, mssEL 26 C 9, folio 153v

https://hdl.huntington.org/digital/collection/p15150coll7/id/2671https://hdl.huntington.org/digital/iiif/p15150coll7/2671/full/full/0/default.jpg, Dominio público,

                                https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=159658265




 

Geoffrey Chaucer, como funcionario de la corte inglesa y especialmente del duque de Lancaster, trató a esos caballeros castellanos, y conoció por ellos los lances y enfrentamientos con el bastardo Enrique. El escritor y poeta acabará compaginando la literatura con sus labores al servicio de los Plantagenet, que eran desde participar en la guerra, a servir de embajador. Estaba casado con Philippa, hermana de Katherine Swinford, amante del duque. Philippa había sido dama de compañía de la reina y después había pasado a ser dama de Constanza. La pareja trabajaba en la casa real, e inevitablemente eran un enlace entre algunos integrantes de la misma, por mucha discreción que tuvieran ambos. Chaucer se veía con Fernando de Castro en ese ambiente, y tal vez escuchó de él el alevoso asesinato del rey Pedro I, al que Fernando asistió.

Constanza estaba presente en lecturas de Chaucer, leía las obras que ya había escrito y compartía con él y su esposa conversaciones, y probablemente libros traídos entre sus objetos personales cuando huyó de Castilla con sus hermanas. Libros entre los que habría alguno de su padre, y los más los propios como un Libro de Horas, tan utilizados por entonces por las damas en las casas reales y en los palacios de la alta nobleza. Constanza e Isabel, llevaban en su interior la tristeza de los dramáticos sucesos de sus vidas, la temprana muerte de su madre, la guerra constante en Castilla, el asesinato de su padre, la usurpación de su trono y una huida de la muerte, pues Enrique II si las hubiera encontrado, las habría asesinado o encerrado de por vida en las más duras condiciones, como había hecho con sus hermanastros.

Una de las primeras medidas que pensaba tomar cuando tuviera la corona de Castilla, era libertar a todos, rehabilitarlos y devolverles sus patrimonios confiscados. Es muy probable que parte de toda aquella aflicción saliera alguna vez al exterior ante su entorno inglés. Hay un retrato de su personalidad, que bien podía ser así: “(…) la heredera de don Pedro tenía algo de esa feroz tenacidad de propósito que había sostenido a su padre, solo en su larga lucha contra la anarquía feudal, y tenía en no poca medida el orgullo de raza e instinto de realeza, y todo el amargo amor del exiliado por su tierra natal.” (2)

 

Constanza de Castilla, detalle de miniatura de su llegada a Santiago, Coruña, con su esposo el duque de Lancaster, Crónicas, s. XV, Jean Froissart, Dominio público, 

                                    https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=99447453



 

Es evidente que su relación con Philippa y Geoffrey Chaucer pudo tener influencia en la manera de ver del escritor algunos hechos de Castilla, y accediera a libros concretos castellanos, como se puede comprobar en sus escritos, que además muchos historiadores y expertos han estudiado. Por otro lado también existe la teoría de otros autores de que Isabel y sus amores con John Holland, estarían reflejados, ella en Venus, y Holland en Marte, en los poemas Lamento de Venus y Lamento de Marte de Chaucer, pero, como muchas identificaciones de sus textos, son hipótesis muy difíciles de demostrar categóricamente.

Constanza debió de seguir con preocupación el devenir de los acontecimientos en el Parlamento, las críticas alrededor de su marido, que en parte la involucraban a ella como heredera de la corona castellana. Algunos de los argumentos de sus detractores le recordaban las calumnias sobre su padre.

En junio de 1377 el rey Edward III moría en su residencia de Sheen al suroeste de Londres. Accedía al trono el hijo de Edward de Woodstock, Richard II, un niño de diez años, por lo que el gobierno efectivo lo llevaría un consejo dirigido por su tío John de Gante. La coronación se realizó con el ceremonial acostumbrado en el que Richard, vestido de ropas blancas, fue andando sobre la alfombra escarlata que había desde la sala del palacio de Westminster hasta la abadía; tras él, su tío el duque de Lancaster portaba la Curtana, una espada sin punta utilizada en esas ceremonias, y detrás los grandes nobles que llevaban la segunda espada, las espuelas de oro y el cetro con un pomo. Sin duda Constanza e Isabel, como esposas de los príncipes John y Edmund, participarían en las celebraciones.

 

Ricardo II, coronado rey de Inglatera a los 10 años, óleo sobre tabla, ca. 1390, Anónimo, Abadía de Westminster, Londres,

- http://www.archist.com.au/assets/images/Richard_II.jpg, Dominio público,

https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=5979094




La práctica religiosa de las damas era una costumbre diaria, así habían sido enseñadas desde muy niñas y era lo que habían visto en sus madres, en sus amas y en las mujeres que las rodeaban. Pero los reyes y nobles también mostraban su religiosidad asistiendo a misa, haciendo ofrecimientos y beneficios a monasterios, iglesias y a religiosos de todos los niveles. La corona inglesa tenía especial predilección por la catedral de Lincoln dedicada a Santa María Bendita (o Bienaventurada), y en ella el duque John de Gante había donado un costoso retablo para el altar de Santa María. También fundó una capellanía para él y la duquesa Constanza.

John hacía importantes donaciones a abadías benedictinas como San Alban, Tumba de San Edmund y Canterbury, entre otras, y había reconstruido y mejorado la capilla del castillo de Kenilworth. Constanza también beneficiará a San Alban, y asistirá a sus oficios y celebraciones religiosas. Además de ayudar a religiosos concretos, como en el caso del monje Álvaro o Álvarez, en 1377 escribía desde Hertford, como reina de Castilla y de León al canciller de Inglaterra, y le pide: “(...) le conceda una carta para el prior de los frailes predicadores de Oxford porque el dicho fraile podría ser recibido allí como estudiante en la universidad de esa ciudad, por amor a mí.” (3)

Dentro de las costumbres de la casa real, llegó un momento en que las hermanas castellanas serían admitidas en una institución simbólicamente muy importante. En la celebración anual de la Orden de la Jarretera de 1378, en la capilla de San Jorge de Windsor, Constanza e Isabel fueron acogidas como damas, lo que significaba una distinción de honor y prestigio en la corte inglesa. (4) Se prepararon ropas especiales del mismo color que las de los caballeros y con una jarretera (liga) bordada con la señal de la Orden en el brazo izquierdo.

 

Constanza de Castilla y su hijastra Philippa de Lancaster, recibieron la Orden de la Jarretera en 1378, además de otras damas,

https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_knights_and_ladies_of_the_Garter



 

Aquel verano de 1379 llegó un mensaje con la noticia del fallecimiento de Enrique, el usurpador del trono, y su hijo Juan le había sucedido. John de Gante y Constanza se apresuraron a escribirle reclamando su derecho a la corona castellana.


Portugal hacia 1374


En 1373 en Coímbra, la reina de Portugal Leonor Teles de Meneses había tenido una niña, mientras la ciudad estaba cercada por el rey Enrique II en plena invasión de los castellanos. De la pequeña hay poca información en sus primeros años, tampoco de Leonor, sólo queda de ella la memoria selectiva de los vencedores en una crónica sesgada y muy negativa. Tras el tratado de paz que habían firmado los reyes castellano y portugués, el reino estaba en paz, y Fernando I se dedicaba a legislar y a resolver los problemas que se presentaban. Trata de fortalecer y centralizar el poder en manos de la corona, frente a una nobleza muy celosa de sus privilegios. Fernando era inteligente y realizará una labor de modernización y mejora de muchos aspectos de la economía portuguesa. Los periodos de guerra con Castilla ocultan la tarea realizada. Y, sobre todo, el tratamiento dado a su persona, el cronista describirá a Fernando I como insustancial, débil, sometido por su esposa, y sólo le atribuye defectos. Presenta a Leonor Teles de Meneses como una mujer dominadora, aprovechada, ambiciosa, maquinadora, y hace creer que su intervención en los asuntos de gobierno es mucho mayor de lo que en realidad fue. Tenía personalidad y carácter, dotes de gestión y mando, y debía de llevarse bien con Fernando, pero él sabía perfectamente cómo manejar el gobierno del reino y no se dejaba controlar en sus prerrogativas y facultades como monarca. Su matrimonio con Leonor Teles, aparte del enamoramiento, era muy útil al rey y a Portugal, porque mantenía su independencia de los manejos de Castilla si se hubiese casado con la hija de Enrique, y dentro de su reino equilibraba el poder de los Castro.

Era habitual que las esposas de reyes, tanto en los reinos de la península como en otros cercanos, ejercieran más o menos influencia en sus maridos según caracteres y personalidades de ambos, y que trataran de beneficiar a sus familiares y clientela. Las amantes hacían lo mismo, incluso algunas más que las esposas, sólo hay que recordar la conducta de Leonor de Guzmán, concubina de Alfonso XI de Castilla, y lo que consiguió para su familia y amigos. La reina portuguesa Leonor Teles de Meneses también privilegió a sus cercanos. Pero no lo hizo exageradamente, como quiere transmitirnos Fernâo Lopes.

Aunque el cronista achaca el ambiente de revuelta en algunas zonas del reino al casamiento de Fernando I con Leonor, la realidad es que esa atmósfera de contestación y descontento existía antes, y era compartida en otros reinos del entorno. Los motivos eran los mismos, el siglo XIV acumulaba una serie de problemas muy graves, desde las epidemias de peste que diezmaban a la población, hasta los impuestos exigidos por la nobleza y la corona, a pesar de las circunstancias de pobreza y hambre existentes. Y para colmo, las guerras con reinos vecinos que exigían esfuerzos económicos y humanos añadidos. Portugal no era una excepción. Es posible que la boda del rey no suscitara simpatías en la gentes, pero no era el problema que más les preocupaba. 

Retrato imaginario de Leonor Teles de Meneses, esposa de Fernando I, rey de Portugal, ilustración, a. 1899, Historia de Portugal, popular e ilustrada, de Manuel Pinheiro Chagas, Dominio público,

https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=65532553



El que reaccionó abruptamente fue Dionís de Castro, un hermanastro del rey, el primogénito de Inés de Castro y Pedro I, que en una escena que rompía el protocolo real y era una declaración de rebeldía, fue el único que se negó a besar la mano de la reina, y algo después se exilió en Castilla, desde donde realizará incursiones y provocará levantamientos contra Fernando. En los años que median entre el tratado de Alcoutim y la segunda guerra fernandina de 1372 y 1373 (Castilla-Portugal) tanto él, como Diego López Pacheco también exiliado en Castilla, estarán al servicio de Enrique II, que los utilizará para atacar la frontera y conocer noticias de la corte portuguesa.

Joâo, el otro hermanastro hijo de Inés de Castro, que estaba en la corte y tenía buena relación con los reyes, se casó secretamente con María Teles de Meneses, hermana de la reina Leonor, y que también se hallaba en la corte al servicio de Beatriz de Castro. Era viuda y tenía un buen patrimonio dejado por su esposo, que su hijo por su menor edad no había manejado todavía. Joâo era bien visto tanto por Fernando como por Leonor, sin embargo mantuvo en secreto la boda. Para él era una buena opción económica, a parte de que pudiera estar enamorado de ella, que es lo que afirma el cronista portugués. Los reyes acabaron por conocer el matrimonio, y Fernâo Lopes utilizará a la pareja para decir que la reina Leonor fue la incitadora de su muerte. No hay prueba de si esto fue así, o es un infundio recogido por Lopes para ofrecer una imagen perversa de la reina. El único hecho contrastable es que Joâo, por la sospecha de que María Teles le era infiel, la mató.

Mientras la infanta Beatriz crecía, se negociaban diferentes proyectos matrimoniales. Como era habitual, la reina intervenía activamente en esas negociaciones viendo las posibles condiciones para su hija y exigiendo el mejor trato posible. Primero estuvo comprometida con Fadrique, uno de los hijos adulterinos de Enrique II, y a quien su padre había hecho duque de Benavente y dado numerosos territorios, aunque a Fernando le desagradaba casar a su hija con un bastardo, hijo de un bastardo Trastámara, a quien el portugués tenía aversión, pero había perdido la guerra y tuvo que aceptar unas condiciones humillantes.

 

Le roman de la rose, miniatura, manuscrito, fol. 11v, ca. 1460-1470, Guillaume de Lorris, Jean de Meun, Bodleian Library MS. Douce 364, University of Oxford,

CC BY-NC 4.0. Photo: © Bodleian Libraries, University of Oxford

https://digital.bodleian.ox.ac.uk/objects/be050d3c-6a9f-4bac-96d7-a1a53374843e/surfaces/56359997-83bd-46af-983a-3721b957c48d/#




Después la comprometió con Edward el hijo del príncipe inglés Edmund, conde de Cambridge, y de Isabel de Castilla la hija menor del rey castellano Pedro I. Porque Fernando se resistía a casar a su heredera Beatriz con el bastardo de Enrique, y a mantener aquella relación de sumisión con el poderoso reino vecino. De hecho, a pesar del tratado de Santarem, siguió negociando en secreto con los ingleses. Juan Fernández Andeiro, el caballero gallego que lideraba a los castellanos fieles al rey asesinado, hacía de embajador.

Como tantas otras niñas infantas o grandes nobles, Beatriz estaba siendo utilizada para negociar tratados de paz con una boda, en el caso de Fadrique, un hijo ilegítimo que le llevaba trece años. En cuanto a Edward, los desposados tenían la misma edad. Pero Beatriz acabará casándose con el rey Juan I de Castilla, que era quince años mayor que ella. Desconocemos cómo fue la infancia de la infanta portuguesa, pero su vida tendrá bastantes altibajos. Las damas de aquel tiempo se casaban con los caballeros que sus padres decidían, cómo eran esos hombres importaba muy poco, y se daba el caso de matrimonios con maridos mucho mayores que ellas, a menudo niñas de doce años, y lo peor no era eso, podían ser violentos, desagradables, tener las amantes que pudieran, e incluso maltratar a la esposa. Había damas con carácter, capaces de hacer frente a este tipo de hombres, abandonarlos y conseguir la anulación del matrimonio. Pero eran las menos, la mayoría aceptaba su destino con paciencia y cumplían el papel que les tocaba vivir. Tal vez ni se planteaban ponerlo en cuestión, y esa sería la actitud de Beatriz en un futuro.


Notas


(1) López de Ayala, P., Crónica de los reyes de Castilla rey don Enrique II, tomo II, p. 76, Madrid, 1780.

(2) Armitage-Smith, Sidney, John of Gaunt, p. 92. Nueva York, 1873. (Traducción propia). https://archive.org/details/johnofgaunt001003mbp

(3) Everett Wood (o Green), Mary Anne, Letters of royal and illustrious ladies of Great Britain, vol. 1, carta XXV, p. 67, Londres, 1846. https://books.google.es

(4) List of knights and ladies of the Garter, Wikipedia.


Las amantes de Enrique II de Castilla

 

 

Eros y Psique, mosaico de la villa romana de Casale, Sicilia,

Por Clemensfranz - Trabajo propio, CC BY 2.5,

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Un ejemplo de cómo llevaban aquellas damas su situación frente a maridos impuestos, y en este caso adúltero, es Juana Manuel, la reina de Castilla. Hija del gran magnate Juan Manuel y de Blanca Núñez de Lara descendiente de la casa de Lara y del infante Fernando de La Cerda. Su madre había fallecido poco después de nacer ella, y su padre, en su último testamento antes de morir, dejó al rey Alfonso XI como tutor, que probablemente la había desposado con Enrique uno de sus hijos bastardos, entonces conde de Trastámara, cuando ella debía de tener unos diez años. Muerto el rey, estando en el alcázar de Sevilla, la concubina, que quería el trono para su hijo Enrique, y siempre estuvo dispuesta a todo por conseguir lo que deseaba, le ordenó que consumara el matrimonio para dar legalidad al casamiento que habrían realizado dos años antes.

Poco podía hacer una niña que sólo tenía un hermano de diecisiete años para defenderla, frente al poderoso rey de Castilla y su amante Leonor de Guzmán. La hija de un gran noble orgulloso de su linaje, comprometida con un bastardo hubiera sido un escarnio para Juan Manuel, y ella tuvo que aceptarlo y su hermano también, porque era vasallo del rey. Aparentemente, como esas otras muchas damas que hemos recordado, aceptó aquella vida con todas las consecuencias, incluyendo las numerosas amantes e hijos bastardos de Enrique, y teniendo que criar a varios de ellos en la corte, junto a sus propios hijos. Sin embargo, en el testamento del rey hay indicios de que bajo las apariencias que nos han llegado, debía de haber tensiones por esta conducta.

Si Alfonso XI tuvo diez hijos con una sola amante durante veinte años, y Pedro I, con fama de mujeriego, tuvo cuatro amantes conocidas y cinco hijos aparte de los habidos en María de Padilla, a la que se puede aceptar como su esposa después de ser su concubina; Enrique les sobrepasó totalmente, pues se le contabilizan nueve amantes y trece hijos bastardos conocidos. Varias de esas mujeres lo fueron durante años, y él pasaba largas temporadas con ellas cuando se encontraba en las ciudades donde vivían como Córdoba, Sevilla o Gijón. Juana Manuel, la reina de Castilla, se quedaba en alguna de sus posesiones o en su corte y soportaba la situación. Hay un párrafo en el testamento del rey que plantea serias dudas sobre los sentimientos que despertaban en la reina estas amantes.

 

Macizo occidental de los Picos de Europa, Asturias, con Torre Bermeja y Peña Santa desde el camino al Collado Jermoso,

Por JConnolly74 - Trabajo propio, Dominio público,

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Realmente Enrique había comenzado a tener barraganas desde los primeros tiempos en que se casó con ella. Probablemente la primera fue Elvira Íñiguez, estando en tierras de Asturias, cuando había huido del enfado de su medio hermano por casarse con Juana Manuel sin su permiso, y se encontraba allí con ella, y algunos caballeros fieles. Entonces trató a la familia de la Vega, porque le enviaron a un hijo de Garci Laso de la Vega, a quien el rey Pedro había mandado ejecutar por su revuelta en Burgos. “Con esta correspondencia de don Enrique, con los de la Vega, se vino a enamorar de una señora muy hermosa de la misma familia, llamada Doña Elvira Yañiz de la Vega, (…). De esta señora tuvo Don Enrique à Don Alonso, que fue despues Conde de Gixon, (…).” (1) Este hijo era Alfonso Enríquez, conde de Gijón y de Noreña, que había salido muy parecido a su padre, y a estas alturas ya ha empezado a darle problemas, porque no quiere casarse con Isabel, la hija ilegítima de Fernando I de Portugal. Más adelante se los dará también a su medio hermano el rey Juan, y a continuación a su sobrino Enrique III, de tal modo que acabará sus días exiliado en Marans cerca de La Rochelle, en Francia.

Años más tarde, Elvira Íñiguez tendrá una hija con Enrique, Juana de Castilla, por lo que había seguido conviviendo con la dama cada vez que había ido a Asturias. De ella no hay información, más que la que nos llega a través del rey por ser su amante, y manda en el testamento que reciba cada año 30.000 maravedís para su mantenimiento. Enrique nombra a Juana de Castilla en sus últimas voluntades para que la reina y el infante respeten la donación que le hace de Urueña, si no se casa con Pedro de Aragón (nieto del infante Pedro de Ribagorza). Pero Juana será su mujer y se marchará a vivir a aquel reino.

Beatriz Ponce de León era prima segunda de Enrique, ya que su madre Leonor de Guzmán y el padre de aquella, Pedro Ponce de León (el viejo) eran primos. También fueron amantes durante años, y convivía con ella cada vez que visitaba Andalucía, probablemente en Sevilla o en alguna de sus posesiones, porque en Córdoba el rey tendrá otra amante. Con Beatriz procreará a Fadrique de Castilla, al que el rey hará duque de Benavente, además de darle cuantiosas propiedades en el noroeste, y lo desposará con la infanta Beatriz de Portugal, pero la boda no se llevará a efecto. Fadrique también heredará de su padre, como Alfonso, una actitud rebelde, y además se apropiará de rentas que no le correspondían, de manera que morirá encarcelado por su sobrino el rey Enrique III.

 

Primavera, temple sobre tabla, 1481-1482, Sandro Botticelli, Galleria degli Uffizi, Florencia,

- http://www.googleartproject.com/collection/uffizi-gallery/artwork/la-primavera-spring-botticelli-filipepi/331460/, Dominio público

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Otra hija tenida con su familiar era Beatriz, que se casará con Juan Alonso Pérez de Guzmán, conde de Niebla. Cuando el rey nombra a esta amante en su testamento hace referencia a la posible “saña” (intención rencorosa y cruel) de su esposa la reina y de su hijo el infante contra ella: “E rogamos á la dicha Reyna é Infante, que si alguna saña de la dicha Doña Beatriz tienen, que tengan por bien de la perdonar por amor de Dios, é por nuestra honra, é porque Dios perdone á ellos: é que le quieran guardar la gracia é merced que le nos fecimos á la dicha Doña Beatriz, en que le dimos que oviese en toda su vida lo mostrenco é algaribo de la Frontera.” (2) Es evidente que un párrafo como este no se incluye en un testamento, si no hay una clara presunción de ello. Juana Manuel debía de sentirse muy ofendida y molesta por las numerosas amantes de Enrique y su trato con ellas a lo largo de los veintiocho años que estuvieron casados. Por otro lado, tener tantas concubinas y los consiguientes hijos implicaba donaciones de villas, rentas y títulos, lo que afectaba al erario real y por lo tanto al futuro de su heredero Juan; es posible que este tampoco viera con buenos ojos la conducta de su padre.

Además en el texto, cuando se refiere a cada hijo y su respectiva madre, Enrique insiste en recordar a su esposa la reina y a su hijo el infante que guarden y mantengan los dones y gracias que les hace. Su insistencia hace pensar que podía dudar de ese mantenimiento. El rey tuvo toda su vida esa conducta poco respetuosa con la reina como esposa. Entonces sólo eran las mujeres las que podían ser acusadas de adulterio, e incluso ser asesinadas por ello.

 

La Fortaleza, temple sobre tabla, a. 1470, Sandro Botticelli,

- scan from Alison Wright, The Pollaiolo Brothers, p. 231, Dominio público,

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Enrique también cita en su testamento a Leonor, una hija tenida con Leonor Álvarez, comprometida con Alfonso, otro nieto del infante Pedro de Ribagorza, cuyo matrimonio no llegó a celebrarse, por lo que su padre mandaba que en ese caso se le dieran 20.000 doblas de oro. De su madre Leonor Álvarez, probablemente vecina de Sevilla, no se sabe nada, pero Enrique ordena que reciba, además de otros dones, 10.000 maravedís cada año.

Con Beatriz Fernández tuvo dos hijos, Fernando y María, que cuando el rey redacta su testamento en 1374 debían de ser pequeños, ruega y manda a la reina y a su hijo el infante que si quieren, que los críen, y si no, que a Fernando lo destinen a la iglesia con alguna dignidad en sus reinos, y a María la dediquen a una orden religiosa “para servir a Dios”, dándole dotación para que pueda vivir. Para la madre ordena que le den 30.000 maravedís de renta cada año. Pero ninguno de los dos siguieron ese camino, María fue casada con Diego Hurtado de Mendoza, poco antes de que muriera su padre, que le dio dote entonces, y Fernando se casó con Leonor de Sarmiento, y marchó a Portugal, donde fue caballero en la corte del rey Joâo I.

Su hija Constanza, de la que se desconoce la madre, aparece como comprometida con Dionís de Castro, uno de los hijos de Pedro I de Portugal e Inés de Castro, exiliado en Castilla y que recibía apoyo y donaciones de Enrique porque le era muy útil por su actitud guerrera contra el rey Fernando I. Le compromete la villa de Alba de Tormes y 10.000 doblas de oro para su casamiento, si aquella boda no se cumple, como efectivamente sucedió, pues acabó casándose con Joâo, el otro hermano Castro, que había asesinado a su primera esposa, la hermana de la reina Leonor Teles.

Al final de sus últimas voluntades, el rey añade: “Otrosi por quanto fasta agora á algunos otros nuestros fijos é fijas que avemos avido non les avemos dado ninguna cosa, nin fecho ninguna merced, rogamos é mandamos á la Reyna é al Infante que los quieran criar, é dar casas, é facerles mandas, aquellas que ellos entendieren que deben aver, porque ellos lo puedan pasar como á nos pertenesce, é á su honra.” (3)

 

Escena del balcón entre Julietta y Romeo, óleo sobre lienzo, 1884, Frank Bernard Dicksee, Southhampton City Art Gallery, Inglaterra,

- http://www.odysseetheater.com/romeojulia/romeojulia.htm, Dominio público,

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Enrique estaba dejándose varias amantes e hijos que no cita en el testamento, pero algunos se encuentran en otros documentos y crónicas. Por ejemplo, Dionís de Castro que había estado prometido con Constanza, acabó casándose con otra hija bastarda del rey, otra Juana, al parecer hija de Juana, señora de Cifuentes.

En la catedral de Segovia existe un sepulcro con la escultura yacente de un niño adolescente, y en ella aparece una inscripción que afirma es de Pedro, hijo del rey Enrique II, con la fecha de 1366. El 26 de enero de 1367 el rey firmaba en Burgos un privilegio por el que dotaba cuatro capellanías con 8.000 maravedís “(…) para que rueguen a Dios por las ánimas de dicho Rey mío Padre, e de nuestra madre que Dios perdone e del dicho D. Pedro mío fijo. (…).” y ordenaba el mantenimiento de dos lámparas perpetuas, y dos porteros para el sepulcro de su hijo “el infante D. Pedro en la Catedral de Segovia”. Según algunos autores su madre podía ser Juana Lossa o María Cárcamo. (4)

Por el monasterio de Santa Clara de Toledo, tenemos amplio conocimiento de otras hijas de Enrique, las hermanas Inés e Isabel, también de madre desconocida, y que entraron como religiosas en esa institución de la que llegaron a ser abadesas. Era un convento fundado hacía unos pocos años, y Enrique lo tomará bajo su patrocinio, le dará el carácter de real y le hará grandes donaciones, las primeras al entrar sus hijas con una buena dote. La condición de real significa que el rey otorga al monasterio un señorío jurisdiccional y solariego de encomienda regia, dado en un privilegio rodado que se conserva en el archivo del cenobio. (5)

 

Claustro del naranjo, monasterio de clarisas de Santa María del Real, Toledo, Enrique II lo tomó bajo su protección cuando ingresaron sus hijas bastardas Inés e Isabel, de madre desconocida, a las que dotó ampliamente,

https://es.aleteia.org/2022/11/03/la-clausura-de-las-clarisas-de-toledo-al-descubierto-despues-de-700-ano



El Cancionero de Baena tiene cantigas inspiradas y dedicadas a Juana de Sousa, otra amante de Enrique II, “Un gran número de poesías de Alfonso Álvarez de Villasandino recogidas por Juan Alfonso de Baena versan o van dedicadas a doña Juana de Sousa. La iniciativa para su composición, según declaración del propio poeta, parte, en ocasiones, del autor mientras en otras es producto de una petición o mandato del rey Enrique II.” (6) La joven era una noble cordobesa a la que conoció en aquella ciudad y a la que visitó numerosas veces, pues se documentan sus estancias en Córdoba, algunas bastante prolongadas según recoge M. Nieto Cumplido, canónigo archivero de la catedral. De esta dama con Enrique II nació Enrique, que está enterrado en la mezquita catedral de Córdoba y donde se hace referencia a la paternidad del rey, que le había dotado con varios títulos y posesiones. La pareja formada por Leonor, la hija de Enrique II y Juana Manuel, y Carlos, el heredero de la corona navarra, pasó sus primeros tiempos de matrimonio, en la corte junto a los reyes en Castilla. Hacia 1377 el rey de Navarra lo reclamaba en Pamplona para que su hijo se hiciera cargo de las plazas que tenían en Normandía y realizara una gestión diplomática ante su tío Charles V, rey de Francia. El joven partió en 1378 y Leonor permaneció con su familia, mientras su esposo cumplía el mandato paterno. Pronto le llegaban noticias de que el rey francés había ocupado las posesiones del navarro en Normandía, había detenido, torturado y matado al chambelán y secretario de aquel rey por su doble juego, y había encarcelado a sus hijos Carlos, Pedro y Bona. El miedo y el dolor invadirán a la infanta castellana al ver el paso del tiempo sin que el rey francés libere a Carlos.

Los dos matrimonios casados en Soria, se llevaban bien y, hasta el viaje de Carlos a París, habían convivido en la corte. Leonor de Aragón, la esposa de Juan de Castilla, había pasado largas temporadas con Juan y Leonor de Castilla criándose con ellos como prometida de Juan, Carlos se había añadido después de la boda y como era educado y leal, las relaciones habían sido fáciles. La infanta aragonesa, hija de Pere IV y de Leonor de Sicilia, era una joven discreta y serena que no sobresalía al lado de su esposo Juan.


Notas


(1) de Carvallo, Luis Alfonso, Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias, p. 393, Madrid, 1695.
https://bibliotecavirtual.asturias.es/i18n/consulta/registro.cmd?id=2404

(2) López de Ayala, P., Crónica de los reyes de Castilla rey don Enrique II, Tomo II, testamento, p. 110, Madrid, 1780.

(3) Ibidem, pp. 121 y 122.

(4) de Oliver-Copons, Eduardo, El alcázar de Segovia, p. 50 y nota 46 en p. VIII, Valladolid, 1916. https://bibliotecadigital.jcyl.es/es/consulta/registro.do?id=164

(5) Pérez de Tudela, M.ª L., El monasterio de Santa Clara la Real de Toledo: estudio sobre una encomienda regia monástica, 1376-1779, p. 263, tesis, Madrid, 2002.
https://docta.ucm.es/entities/publication/7fc2b62a-f0e8-4f80-bd32-646dbe01710c

(6) Nieto Cumplido, Manuel, Aportación histórica al Cancionero de Baena, p. 7, Historia. Instituciones. Documentos, n.º 6, 1979. https://idus.us.es/handle/11441/552


La boda de los hijos espurios de Enrique II con Elvira Íñiguez


De nuevo se preparaban bodas, y en la casa real de Castilla había mucha actividad, porque se realizarían en Burgos. Alfonso Enríquez, conde de Gijón y Noreña, iba a casarse con Isabel, que ya había cumplido la edad suficiente, pero él mantenía que no quería unirse a ella, aunque delante de su padre callaba por miedo a sus represalias. Isabel estaba cansada del trato que recibía del conde. Así que un día en un lugar llamado Paraíso en las Huelgas de Valladolid, estando presente la reina y caballeros de la corte, reclamó los desposorios y casamiento con Alfonso, señalando que si el conde no quería casarse con ella, ella no deseaba desposarse con él, e hizo que un notario recogiera su afirmación en un instrumento público. (1)

Al mismo tiempo que se unían Isabel y Alfonso Enríquez, lo haría Juana, hermana de este y también hija ilegítima de Enrique con Elvira Íñiguez, con Pedro el hijo de Alfonso marqués de Villena, el caballero que Enrique había privilegiado por su conducta fiel, y que era hijo a su vez del infante Pedro de Ribagorza. La celebración era de dos hijos bastardos del rey, que se llevaron a cabo en el castillo de Burgos por el arzobispo de Santiago. Alfonso Enríquez no respondía a la pregunta del prelado de si la recibía por mujer, hasta que el rey, muy enfadado, le forzó a decir que sí. Aparentemente el conde dormía en la misma cámara que su esposa, pero según se sabrá después, en los dos meses que duró esta situación el matrimonio no se consumó. Como Enrique partiera hacia otros negocios dejando a la reina en su corte, Alfonso aprovechó para alejarse también de Isabel.

 

Ruinas de la Cartuja de Santa María de Aniago, Villanueva de Duero, Valladolid, construida en el s. XV, porque el monasterio jerónimo que la reina Juana Manuel deseaba se fundase allí, no llegó a realizarse,

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Hacia 1375 la ciudad de Valladolid propietaria del lugar de Aniago, que estaba cerca de Villanueva de Duero, se lo cedió a la reina, que decidió establecer un monasterio jerónimo allí, y para que lo construyera se lo vendió a Pedro Fernández Pecha, fundador de la Orden de San Jerónimo y prior del monasterio de Santa María de Sisla en Toledo. En este hecho se ve el hilo que une a algunas damas a través del tiempo que, aunque sutil, sobresale enlazando vidas e intereses. La reina Juana Manuel encargaba al fundador de la Orden Jerónima la creación de aquel convento, y este monje era hijo de Elvira Martínez, la camarera mayor de la reina María de Portugal, esposa de Alfonso XI y madre de Pedro I, y de Fernán Rodríguez Pecha, camarero mayor del rey. Su primogénito, Pedro, tras unos años en la corte como tesorero mayor, decidió retirarse como eremita junto con otros compañeros con el mismo propósito. Basándose en la vida y obra de San Jerónimo fundó la Orden de esa advocación. Algo después de conseguir la bula de aprobación, erigió el monasterio de Santa María de Sisla en Toledo.

Se comenzó la construcción de Aniago, pero no llegó a efectuarse, y los jerónimos acabaron vendiendo el terreno en 1382 después de la muerte de Juana. Posteriormente lo compró el obispo de Segovia, Juan Vázquez de Cepeda con la idea también de erigir un monasterio. Y de nuevo aquel deseo de Juana Manuel toma cuerpo cuando se hace cargo de ello otra reina de Castilla, María de Aragón, esposa de Juan II, bisnieto de Juana, que acabará fundando la cartuja de Nuestra Señora de Aniago. La Orden Jerónima, a través de Pedro Fernández Pecha, tendrá un importante protagonismo en el convento de Santa Clara de Tordesillas, en el que Juana Manuel trataba de que se realizase una reforma y sirviera de modelo a los otros cenobios de las clarisas.


Fundación del Hospital de San Antonio Abad, Villafranca Montes de Oca, 1377

Juana Manuel, reina de Castilla



Hospital de San Antonio Abad, Villafranca de Montes de Oca, Burgos, fundado por la reina Juana Manuel, ca. 1377, edificio de la izquierda, al fondo la iglesia de Santiago. Actualmente el hospital está restaurado y recibe a los peregrinos en el Camino de Santiago,

https://www.onlypilgrims.com/es/san-anton-abad-102/




La reina Juana no llegó a fundar ningún convento, pero ayudó a varios. Sin embargo, hubo un proyecto que ocupó su interés en estas fechas, y fue la creación de un hospital para peregrinos en el Camino de Santiago. Era señora de la villa de Villafranca y sus aldeas, que se encuentra a 32 km de Santo Domingo de la Calzada y a pocos más kilómetros de Burgos. Era el punto adecuado para que los romeros que iban a Santiago encontraran un albergue para descansar y quedarse a dormir, por eso fue escogido por la reina para construir y mantener un hospital (una casa de descanso y ciertas atenciones a los peregrinos) en 1377, al que se llamó de San Antonio Abad. La villa se encontraba en plena sierra, en el Valle que ha formado el río Oca, tenía un castillo y una iglesia, y estaba rodeada de espesos bosques de robles y hayedos, era un lugar de parada necesaria antes de abordar la empinada cuesta hacia el puerto de la Pedraja.

Fago donacion pura e perfeta al dicho mi hospital de la dicha villa de Villafranca con sus aldeas, y de la mi villa de Torre Lobaton con todas sus aldeas, y de Tamariz de Campos con todas sus aldeas, (…) con todo el poderio e señorio real que en ellas yo he o como al señorio real pertenecen e con la justicia e con el mero e misto imperio, con todos sus terminos de las dichas villas e aldeas an (…) e con todas las rentas (…).” (2) El hospital ya se encontraba creado y construido cuando firmó este privilegio en Valladolid. Debió de ser importante, dado el deseo de Juana de darle patrimonio que lo mantuvieran adecuadamente.

En estos años puede apreciarse su interés por apoyar a la Orden Jerónima en sus primeros tiempos, porque en 1378 desde Valladolid enviaba una carta donando las dos terceras partes de las casas de monte Guisando al monasterio de San Jerónimo, (3) cerca de El Tiemblo en la cara sur de la Sierra de Gredos, que era uno de los recién fundados en Castilla. Tenía contacto y buena relación con Pedro Fernández Pecha.

 

Recreación del alcázar mayor, Murcia, portada del texto De Murcia a Mursiya: un viaje en el tiempo, Francisco J. Vivo García, 1ª edición, septiembre 2022,  Región de Murcia, Consejería de Educación,

© Ilustración de la cubierta: Recreación del Alcázar Mayor. 2010. José Hurtado Mena.

La obra está bajo una licencia Creative Commons License Deed. Reconocimiento-No comercial 3.0 España,

https://www.carm.es/edu/pub/20966_2022/index.html



Juana era una mujer con carácter que, cuando era necesario, sabía imponerse. Hay una interesante carta que refleja su reacción ante lo que considera una intromisión en sus derechos. El día de Navidad de 1378 escribe al concejo de Murcia diciéndole: 

“(…) quando vyne a Yllescas al rey mio sennor, que falle que avia sanna del conde mi primo por querellas que avian dado de el algunos procuradores del dicho conçeio que vinieron al rey, por lo qual el rey mio sennor le mando que non entrase en Murcia por tiempo çierto, et yo so mucho maravillada desto, sabiendo vos el debdo que el conde a conmigo e con el infante mio fijo, en vosotros enbiar querellar al rey del conde e non me lo enbiar a dezir a mi en ante, que todas querellas que avedes del conde yo vos fiziera tal enmienda en manera que fuerades bien contentos, et errastelo mucho, que la onra del conde es mia e del infante e la su defensa es nuestra; pero non queremos parar mientes al vuestro yerro que fiziestes porque sodes nuestros naturales, vosotros queriendo vos enmendar el yerro que avedes fecho porque el rey mio sennor perdiese sanna del conde, que enbiedes luego vuestras cartas al rey mio sennor en que perdedes querella del conde e que le enbiedes pedir merçed que el conde que entre en Murçia e le torne su adelantamiento segund que ante lo tenia, et faziendo esto yo e el infante tenemos carga de vos fazer mucha merçed, e enbiadme luego todas las querellas que avedes del conde e yo vos fare luego tal enmienda e cunplimiento qual cunple e seades bien contento dello, et sy de otra guisa lo fazedes sed çiertos que yo e el infante que nos sentiremos del e de vosotros e de todos aquellos que fueren en este fecho por lo del conde asy como sy nos mesma, et de lo que sobre esta razon quisieredes fazer aya luego vuestra respuesta porque yo e el infante sepamos lo que avemos de fazer.” (4)

Debía de estar muy enfadada con la situación, porque Enrique le había echado en cara la conducta de Juan Sánchez Manuel por la querella del concejo murciano. Era su primo (hijo de un hermanastro de Juan Manuel), y aquellas tierras y su adelantamiento tenían una fuerte raíz en la casa de los Manuel. La honra de la familia no podía ponerse en tela de juicio, y que Enrique tuviera “saña” contra el conde de Carrión era como si la tuviera contra ella y su hijo, también heredero de los Manuel. Como hija de Juan Manuel, todo el orgullo y la dignidad de su padre salen a flote en esta carta. Le está diciendo a su marido, el hijo bastardo de Alfonso XI, que aquel asunto es suyo y sólo suyo, hija legítima del gran magnate Juan Manuel. La reina había hablado con su hijo que también tenía que sentir menoscabado su papel en aquel problema, y ese mismo día el infante escribía, de acuerdo con su madre, una carta igual al concejo de Murcia, pero en su caso añade que les envía a Sancho Carrillo, un caballero de su confianza, para hablar con ellos del asunto.

La realidad, tras las quejas del concejo, es que Juan Sánchez Manuel era un abusador sin escrúpulos y ejercía el cargo de adelantado en provecho propio y de sus vasallos, atropellando derechos de los ciudadanos e imponiendo su voluntad. Enrique II enviará a un pesquisidor para que investigue los hechos, y al conocerlos intervendrá firmemente en la situación, suspendiendo al adelantado. El lugarteniente Alonso Yáñez Fajardo equilibrará en parte las acciones de aquel, y cumplirá sus funciones en ese tiempo. Juana tendrá que aceptar que su primo merecía aquel tratamiento, ella también había tenido diferencias con él por su actuación respecto a derechos de Alcaraz, villa que pertenecía a la reina.

 

Caminante ante un mar de niebla, óleo sobre lienzo, ca. 1817, Caspar David Friedrich, Museo de Arte, Hamburgo,

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La guerra contra Navarra continuaba desgastando a los dos reinos, por lo que hubo conversaciones entre los enviados del rey Carlos II de Navarra y Enrique y llegaron a un acuerdo para acabar con el conflicto. El castellano y su hijo Juan se dirigieron a Santo Domingo de la Calzada para reunirse con el navarro y dejar cerradas de nuevo las paces que habían firmado. Poco después de marcharse el rey Carlos, Enrique enfermó gravemente y murió el 29 de mayo de 1379. Los grandes nobles y prelados que estaban con él aclamaron como monarca a Juan I. Llevaron el cuerpo de Enrique a Burgos, donde se encontraba la reina, y se le hicieron los funerales reales, para luego trasladar sus restos a la capilla que él había mandado construir en la catedral de Toledo.

En su testamento repetía su teoría de que era rey porque Dios había querido darle la victoria frente a Pedro I, “que se decía rey” (era el rey legítimo) y que fue muerto “por sus pecados y merecimientos” (muerto en una encerrona con alevosía). Dado cómo había accedido a la corona de Castilla debía mantener la propaganda que había impuesto desde la guerra civil que él había provocado. Tal vez, detrás de esta fachada teatral, la real era que desde aquella noche en la tienda de Bertrand du Guesclin en los campos de Montiel, la sombra de su hermano indefenso, asesinado por su propia mano le había seguido cada minuto de su vida.

Juana Manuel había compartido con el rey veintinueve años, aunque había habido bastantes periodos que el destierro, las guerras, o sus quehaceres y concubinas, los habían mantenido alejados. Enrique sabía lo que debía a su mujer por todo lo que había vivido por casarse con él, y por aportar legitimidad a la descendencia Trastámara, dado su linaje. Sin embargo, aunque conocía sus méritos, él como marido no había tenido respeto con ella, manteniendo relaciones con numerosas mujeres desde que se casaron, probablemente no la amaba. Ahora la reina viviría los pocos años que le quedaban como viuda, bastante retirada de los asuntos de la corte.

 

Retrato imaginario de Juana Manuel con su hija Leonor, detalle del ángulo inferior derecho del retablo de la Virgen de la leche, Tobed, Zaragoza, s. XIV, de la que ella y Enrique de Trastámara eran oferentes, Museo Nacional del Prado, Madrid.

 

Alfonso Enríquez, conde de Noreña, muerto su padre vio el momento de pedir la nulidad de su matrimonio, “(…) declarando públicamente que Dª Isabel no era su mujer, y escribió al Rey de Portugal haciéndole saber que no estaba casado con su hija.” (5) El juez fue Gutierre de Toledo obispo de Oviedo, canciller de la reina Juana Manuel y se dio la sentencia en Valladolid el 12 de diciembre de 1379, en la que se reconocía que no había existido matrimonio, por lo que era nulo por falta de consentimiento, ya que se había realizado coaccionado por su padre y porque no había habido consumación, y los declaraba libres para casarse con quien quisieran. La situación de Isabel era muy delicada, pues se encontraba soltera en Castilla, así que debió de regresar a Portugal. Para el rey Fernando era una ofensa que aumentaría aún más su animadversión a los Trastámara.

La muerte de Enrique debía haber facilitado la salida de la cárcel de los hijos de Pedro I que seguían vivos: Juan y Diego, pero el rey Juan I ni lo decidió ni lo facilitó. Los que pudieron abandonar su encierro fueron Leonor López de Córdoba y su esposo, que eran los únicos que quedaban de aquella familia.


La liberación de Leonor López de Córdoba y de Ruy Gutiérrez de Finestrosa

La hija del maestre Martín López de Córdoba, ajusticiado en Sevilla por Enrique II, era liberada por fin de la prisión de las Atarazanas de Sevilla junto con su marido, tras casi nueve años de encierro y penalidades, y donde habían visto morir a hermanos y cuñados. 

 

Torre de la Calahorra, murallas y puente sobre el Guadalquivir, Córdoba, dibujo y litografía Francisco Javier Parecerisa, Recuerdos y bellezas de España, 1852, Biblioteca Digital del Museo del Prado, Madrid.

http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

https://bibliotecadigital.museodelprado.es/pradobib/en/bib/14899.do?queryId=403424&position=2&lo=grid




Al salir no tenían nada, ni casa, ni patrimonio, todo se lo había quitado Enrique cuando los encarceló, ahora su testamento mandaba que se les devolviera, pero era una manda inútil y falsa, el rey había entregado las propiedades a personas de su conveniencia, y recuperarlas era imposible. Leonor se fue a vivir a casa de su tía materna María García Carrillo, y su esposo Ruy Gutierrez de Hinestrosa marchó a tratar de conseguir la restitución de sus bienes. Pero no obtuvo nada, pasó unos años de desventura, y los que poseían ahora su hacienda se burlaban de él porque sin dinero no podía demandarlos. Sufrió el resultado de las heridas que había dejado la guerra civil y la rapiña de los vencedores beneficiados con las posesiones de los vencidos. Era lo que había provocado Enrique II.

Ruy estuvo en la guerra con Portugal, y supo que a Leonor le iba bien en Córdoba con la ayuda de la hermana de su madre, por lo que se reunió con ella, y gracias a su apoyo empezaron a salir adelante. Tuvieron varios hijos. Las casas que le había dejado su tía se encontraban al lado de la iglesia de San Hipólito, y la dama acudía allí a misa con ella. Era la fundación de Alfonso XI, y aunque estaba sin acabar, ya era colegiata. Cuando la peste llegó a Córdoba y a otros lugares en los que residió, se cobró la vida de su hijo mayor por lo que sufrió su enfermedad y muerte entre el escarnio de los vecinos. Con gran tesón y entereza fue recuperando su estatus, hasta que la veamos en la corte al lado de la reina Catalina de Lancaster. Es un ejemplo de esfuerzo y lucha frente a la adversidad, que narrará en su biografía, acercándola con gran viveza a nuestros ojos.

El día de Santiago apóstol, Juan I y su esposa Leonor de Aragón, que estaba en avanzado estado de gestación, se coronaron en el monasterio cisterciense de Santa María la Real de las Huelgas de Burgos, fue una ceremonia con gran solemnidad, en la que tocaron los ministriles de la capilla real que debían de tener un alto nivel, a los que se añadirían los enviados por su cuñado el infante Joan de Aragón. A continuación el rey se armó caballero e hizo lo mismo con numerosos nobles. Para celebrarlo, dio banquetes y se hicieron torneos y justas, bailes, música y acompañaron juglares, músicos y malabares.

 

Un obispo unge el hombro del rey con óleo sagrado en su coronación en la iglesia del monasterio de las Huelgas, Burgos, lo que también hará Juan I el día de Santiago, miniatura, manuscrito, s. XIV, Ceremonial para la coronación de los reyes de España, s. XIV, Raymond Ebrard, obispo de Coímbra, RBME &-III-3 fol. 22r., Real Biblioteca del Monasterio de El Escorial,

https://rbme.patrimonionacional.es/s/rbme/item/13114#?xywh=-508%2C958%2C3235%2C2166&cv=52



Estando en Burgos el día de san Francisco, la reina Leonor asistida por la partera Nabona Nada, una experta de origen musulmán, que el rey había hecho venir de Valencia, tenía a su primer hijo, al que llamaron Enrique como su abuelo. (6)

Leonor se ocupaba, como otras reinas, de los asuntos de sus villas y lugares, y desde Valladolid mandaba una carta al concejo y autoridades de Huete sobre la queja de Constanza Manuel de Villena. Era hija de Sancho Manuel, un hijo ilegítimo de Juan Manuel, que denunciaba los robos de ganado y prendimiento de hombres y bestias realizados por “montaraces” (guardas de montes) de la villa, contra los de Valedeolivas, Salmerón y Alcocer, lugares suyos y de Juan de Albornoz, su hijo, cuando los hallan cazando o pastando en su término. (7) Ella tenía que resolver los problemas que se ocasionaban en sus posesiones, y en Medina del Campo: “(…) recibía al arcipreste y a los clérigos de la villa de Cuéllar en su encomienda, y ordena que no se les tome nada de lo suyo, a excepción de las deudas, ni nadie pose en sus casas ni les tomen ropa ni leña contra su voluntad, ni les obliguen a hacer velas y guardar las puertas de la ciudad; (…).” confirmándoles mercedes, gracias y privilegios que tenían de otros reyes. (8) Entre las villas más importantes que le pertenecían por la dote que había recibido de su padre el rey Pere IV, estaba Molina en la frontera con Aragón, que tenía un magnífico castillo amurallado.

Era, como Juana Manuel y otras damas, piadosa y caritativa. Existe un recuerdo de ella en el libro que escribió su despensero mayor, que la adjetiva de “sancta Reyna Doña Leonor” por su buenas y discretas obras con los menesterosos. “(…) según las obras sanctas que yo á esta noble Reyna ví facer en todas las siete obras de misericordia, dello en público, é todo lo mas en ascondido, é especialmente en dar lismonas. E digo que lo sé mas que otra persona alguna de su casa, por quanto yo era su Despensero mayor, é por su merced me avia encomendado todos los mas fechos de su casa, é era uno de los de su Consejo.” El autor cuenta además que la reina tenía mucha necesidad de dinero y le era difícil cubrir las ayudas que hubiera deseado, sabiéndolo los judíos de las aljamas de las villas que le pertenecían, se habían ofrecido a darle una cantidad, ya que ella no les había pedido servicio alguno (un tipo de impuesto). (9) El confesor y el despensero, que dice haber asistido a la conversación con los representantes de las aljamas, se lo habían consultado a la reina, que al parecer se había negado a recibirlo, alegando que luego los judíos de las villas maldecirían al rey y a los infantes sus hijos por cargarles con aquellas contribuciones, y no lo aceptó. También seguía la costumbre de sus antecesoras de cuidar y beneficiar a monasterios, y especialmente los femeninos de la tradición franciscana. 

 

Castillo de La Mota, Medina de Campo, Valladolid, en la ciudad nacería el infante Fernando, hijo de Leonor de Aragón y Juan I de Castilla, que sería el primer rey Trastámara de la Corona de Aragón,

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En noviembre de 1380 la reina estaba embarazada de nuevo y se encontraba en las casas reales de Medina de Campo, un palacio mudéjar situado en un lateral de la plaza del mercado, que había utilizado el rey Pedro y su madre la reina María, y allí tendrá su segundo hijo al que llamaron Fernando, y que estará muy unido a la ciudad.


Notas


(1) Lopes, Fernâo, Chronica de El-Rey D. Fernando, vol. II, cap. XCV, p. 123, Lisboa, 1895. https://purl.pt/419/4/

(2) Martínez Díez, G., El Camino de Santiago en la provincia de Burgos, p. 89, Diputación Provincial de Burgos, 1998.

(3) Fondo Mercedes Gaibrois de Ballesteros, Documentos de Enrique III, doc. 95. RAH. https://www.rah.es

(4) Documentos de Enrique II, Colección de documentos para la historia del reino de Murcia, VIII, doc. CCXLII, edición de Lope Pascual Martínez, Murcia, 1983.

(5) Uría Riu, Juan, El matrimonio del conde D. Alfonso bastardo de Enrique II y su anulación, p. 126, Archivum: Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, Tomo 1, 1951, Universidad de Oviedo.

(6) Cañas Gálvez, F. de P., La casa de Juan I de Castilla: aspectos domésticos y ámbitos privados de la realeza castellana a finales del siglo XIV, p. 157. En la España Medieval, vol. 34, 2011.

(7) Fondo Mercedes Gaibrois de Ballesteros, Documentos de Enrique III, doc. 125, RAH. https://www.rah.es

(8) Velasco Bayón, B. et alt., Colección documental de Cuéllar (934-1492) Vol. I, doc. 159. Ayuntamiento de Cuéllar, 2010.
https://www.cervantesvirtual.com/obra/coleccion-documental-de-cuellar-934-1492-volumen-1/

(9) Rodríguez de Cuenca, J., Sumario de los Reyes de España, pp. 77, 78 y 79, Madrid, 1781, https://bibliotecadigital.jcyl.es/es

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